22 noviembre 2015

LAS LEYES DE MOVIMIENTO QUE NOS DOMINAN. EL EXTRACTIVISMO



El economista Alberto Bonadona (su artículo puede verse aquí) nos dice que somos bien cambiantes, aunque tenemos solo “contados tránsfugas profesionales”, que anteayer éramos “rabiosos patriotas de izquierda y de derecha, ayer, nacionalistas; hoy, socialistas, mañana, pragmáticos”, y toda una cantidad de cambios y alteraciones, y no nos da ni una razón de ello. Solo llega a decir: “Frente a tanta pobreza y necesidades insatisfechas, hasta los derechistas son de izquierda y los izquierdistas de derecha”.  Ojala así hubiera sido en nuestra historia, seguramente no estaríamos donde estamos y por lo menos cuestionaríamos el lugar donde nos hallamos.

En todo caso, resulta indispensable tratar de comprender, a que se deberán estos cambios en nuestro medio que sin duda son pan de todos los días. ¿Es la simple y mera inconsecuencia y obsecuencia en su punto extremo, la razón que nos mueve para cambiar de posiciones y bandos con la facilidad con que uno se cambia de camisa o hay razones, energías, leyes de movimiento, alteraciones en las capas tectónicas profundas de nuestra formación social que nos inducen natural y espontáneamente a ello, sin hacernos por ello ningún problema al final del día?.

Pienso que sí, que existen esas leyes y fuerzas que operan sobre nuestros comportamientos y que permean y cruzan toda nuestra formación social. Las más importantes son sin duda aquellas que provienen del extractivismo, que nos ha fagocitado y carcomido todos los sentidos, al punto que ya no tenemos ojos ni sentidos para otra cosa. (para hacerse una idea de las leyes que nos impone el extractivismo, ver aquí)

Lo que sucede actualmente en nuestro país es de telenovela –y tendría que ser de las más lacrimosas– pues retrata de cuerpo entero el grado y la medida en que nos hallamos presas de las leyes y reglas a las que debemos someternos con tal de seguir siendo un país consecuentemente extractivista. Un breve recuento de los acontecimientos en el curso de este año, puede reflejar sucintamente nuestra historia en la materia.

A medida que empiezan a caer los precios de las materias primas en los mercados internacionales, empiezan a caer las exportaciones –el demiurgo de toda nuestra economía– y a prenderse unos focos naranja que advierten de un merma de la renta extractivista. En seguida se anuncian medidas para evitar el colapso, es decir, para incursionar en diversos campos que nos permitan mantener o mejor aún, incrementar la renta extractivista (la que viene de la renta hidrocarburífera, mineral, y otros). En primer término, se dispone que las áreas protegidas quedan a disposición de las petroleras que quieran explorar, y si hallan petróleo/gas en cantidades comercialmente convenientes –eso es todo lo que tienen en la mira- entonces también pueden explotar lo que encuentren en dichas áreas. Lo que opinan pueblos indígenas, ciudadanos sensibles a la ecología y otros, no interesa. El asunto, dicen, es salir de la pobreza, como si no fuera ya ni imaginable otro derrotero.

Seguidamente se anuncia un plan para convertir a Bolivia en centro energético, echando mano de todo lo que tenemos al alcance, principalmente de energía hidráulica. Por supuesto que no interesa un rábano las superficies a inundar, los impactos ambientales, sociales, etc. a generar. Tampoco que la producción de energía hidráulica generada a partir de grandes embalses de agua, es mucho más problemática para el calentamiento global (por la emisión de gas metano, uno de los principales gases de efecto invernadero y, sin duda, el más funesto). También se habla de energía nuclear, pero pronto se deja de hacerlo por la reacción nacional e internacional que ello ocasiona, pero continua el discurso, esta vez en tono a un centro de investigación nuclear, que además debe ser el más grande de Sudamérica. Por qué debemos apuntar a ello cuando en muchos sentidos nos hallamos en pañales en la materia, no queda claro.

Pero sigamos. Dado que todo ello es música del futuro y que los problemas hay que atender ahora, resulta que se decide usar recursos de las reservas internacionales para financiar a YPFB, disponer de 12% de los recursos del IDH asignados a gobiernos subnacionales y universidades para atender derechos sociales básicos (salud, educación, desarrollo productivo, etc.) con el fin de otorgar unos “incentivos” a las petroleras que se atrevan a explorar y hallen nuevos yacimientos. Paralelamente, se inicia un endeudamiento gigantesco con la China para proyectos que no están claros y ni siquiera han sido puestos a consideración de la opinión pública nacional, pero que claramente apuntan a facilitar el extractivismo en nuestro país. 

¿A dónde vamos con este breve recuento? Al simple hecho que podemos rastrear sin gran esfuerzo a lo largo de toda nuestra historia, que la base que estructura nuestras acciones y reacciones, nuestros comportamientos ciclotímicos, cambiantes y aberrantes, tienen que ver con el extractivismo, que ocupa la medula espinal, el tuétano de nuestra formación social. 

De pronto la educación, la salud y otras conquistas sociales, incluso el rol que pretende desempeñar Bolivia como paladín en la defensa de los derechos de la Madre Tierra, se esfuman, se hacen añicos, simplemente porque no tenemos la estatura, la estructura y las condiciones mínimas para ser consecuentes con los discursos que grandilocuentemente lanzamos a diestra y siniestra como si Bolivia ya hubiera alcanzado alguna cumbre desde la que podemos ir marcándole el paso a los otros pueblos. 


Qué pena tener que decirlo, pero creer que ello sería posible cuando vivimos aferrados a un esperpento llamado extractivismo que tiene sus propias leyes de funcionamiento que no controlamos ni manejamos de ninguna manera y que nos obliga a marcar el paso según como se le antoje comportarse al mercado, a las reservas disponibles de nuestras materias primas no renovables o a las estrategias que siguen los otros países extractivistas para actuar, repito, creer que sería posible que podamos ser consecuentes con los derechos sociales, de la Madre Tierra o de lo que sea, es una fantasía, una quimera, un imposible mientras estemos y nos mantengamos en el presente esquema de cosas en que nos hallamos.


Por supuesto que el extractivismo no es la única fuerza que nos domina, aunque es sin duda la que más influencia tiene y ha tenido a lo largo de la historia en la estructuración de nuestra formación social, de nuestra mentalidad, de nuestras preferencias. En este mismo marco, también sería interesante examinar la medida en que otras fuerzas, otras potencias y actores fácticos inciden y han incidido en nuestro comportamiento.

El resultado al que muy probablemente llegaríamos es que nuestros grados de libertad son muy reducidos, que tampoco los hemos aprovechado en el pasado y no lo estamos haciendo en el presente, que lo único que estamos haciendo es entregarnos y someternos cada vez más a todas esas fuerzas, leyes y factores de poder que operan sobre nuestra formación, sin buscar ni labrar bases para porvenires más sanos, menos sometidos, con más grados de libertad hasta conseguir solamente una cosa, la más concreta y humilde de todas: que nuestro discurso pueda estar en línea con nuestras posibilidades, y nuestras acciones con nuestros compromisos, y no la flagrante contradicción que se aprecia hoy en día, donde nada concuerda con nada, pues todo está al sol que mejor alumbra, especialmente a las exigencias que se autoimpone una sociedad que se halla sometida a las leyes del extractivismo. 
CARLOS RODRIGO ZAPATA