20 septiembre 2019

El mayor enigma de nuestra época: ¿POR QUÉ NO REACCIONAMOS COMO SE REQUIERE ANTE LA DEBACLE CLIMÁTICA GLOBAL?



Carlos Rodrigo Zapata C. (*)


Greta Thunberg, la niña sueca que encarna la angustia mundial ante la debacle climática global, particularmente entre la gente más joven, ha sido recibida en el Congreso norteamericano. Al leer sus reflexiones ante esa audiencia, me salta la extenuante pregunta: ¿qué es lo que no entendemos, qué hace falta para que lo entendamos, por qué no logramos entenderlo? 

 
Dicho de modo sintético: Al 1 de enero de 2018 teníamos un presupuesto de carbono de 420 GT (Giga Toneladas) de CO2 antes de alcanzar ese incremento crítico de la temperatura de 1,5 grados C. A la fecha ese presupuesto se ha reducido a 360 GT y el ritmo de agotamiento de ese presupuesto es de 42 GT de CO2 por año, lo cual significa que tenemos menos de 9 años para detener este ritmo loco de incremento del calentamiento global. 

Greta es más precisa: “nos quedan 8 años y medio”.

¿Cómo intentar explicarlo? 

La historia humana nos enseña que los desastres y las catástrofes han sido las verdaderas parteras de la humanidad, ya que nunca hemos logrado prevenirlos en el grado y la medida que podríamos y deberíamos haberlo hecho. Casi nunca logramos tomar en cuenta las experiencias acumuladas, el conocimiento, el cúmulo de formas de anticiparse, de reducir la incertidumbre y manejar el riesgo, menos con el rigor que en cada caso, tiempo y lugar habría sido posible. Es muy probable que esta aseveración sea válida para todas las sociedades del pasado y presente y todo tiempo y lugar, simplemente porque eso es lo que en síntesis nos muestra la historia de los avances y retrocesos de las sociedades a través de todos los tiempos. 

A partir de ello surge una primera explicación de nuestra incapacidad actual para actuar e intervenir oportunamente. Estamos como paralizados ante la hecatombe en marcha, inermes, como si hubiéramos perdido toda capacidad de tracción, reacción y respuesta pese a hallarnos al presente confrontados con los embates ya demasiado evidentes de un fenómeno catastrófico que amenaza con destruir los fundamentos sobre los que se ha erigido la vida humana organizada sobre la faz de la tierra. Por la virulencia y velocidad con que ya está ocurriendo todo -ya ampliamente anticipado por las ciencias y estudios del más variado tipo- está claro que no se trata de un fenómeno pasajero o de alcance y duración limitados. Se trata de extremos climáticos que arrasarán las bases mismas de sustentación de la vida humana.

Una segunda razón tiene que ver con el uso de viejos esquemas para enfrentar situaciones absolutamente nuevas y diferentes. Mientras unos se refugian en el negacionismo, asumiendo que todo esto del cambio climático no es más que una conspiración o un ardid para tratar de presionar a ciertos países, a fin de ponerlos en una posición de debilidad para sacar ventajas y tener un palanca para poder chantajearlos, otros países se llenan la boca con la corresponsabilidad y con la idea que el que contamina paga, como si esos instrumentos pudieran ser útiles en esta hora en que primordialmente se trata de realizar un inmenso esfuerzo conjunto y no desatar una disputa en torno a una distribución de cargas o corresponsabilidades. A la hora de las horas solo cuenta actuar, hacer lo posible y lo imposible para parar este proceso que se nos escapa de las manos y que ha dejado expuesta a la furia de las fuerzas naturales que hemos desatado los miles de años de cultura, civilización y esfuerzos por organizar una convivencia ordenada sobre este planeta. Mientras no seamos capaces de superar esos discursos anquilosados y petrificados que en las circunstancias actuales no valen absolutamente nada, estamos perdiendo los más preciosos instantes de nuestra existencia. 

Una tercera razón tiene mucho que ver con la emergencia de una Torre de Babel. Dios quiso castigar a los insolentes por tratar de ponerse a su altura y les envió la confusión. Hoy parece que se repite la historia. Este tema es en extremo preocupante por muchas razones. Por un lado hay una creciente “descomunicación” planetaria que tiene que ver con la producción desenfrenada de información y conocimientos, pero con una capacidad de asimilación muy heterogénea. La misma revolución de la información y el conocimiento está produciendo una peligrosa segmentación en el mundo, ya que cada vez hay más conocimientos, pero con patrones muy diversos y dispersos de acceso y asimilación a la misma, lo cual está produciendo archipiélagos de sabios e ignorantes en plena era de la información. Esta descomunicación global es fatal en estos instantes en que tenemos la obligación de actuar de consuno en defensa y protección conjunta de la casa común. Si no tenemos un lenguaje común que nos permita discrepar, menos tendremos los medios para concertar.

Pero este es uno de los efectos de esta nueva Babel. Otro efecto que está surgiendo muestra una suerte de caos en torno a las medidas que deben tomarse para hacer frente al calentamiento global y la debacle climática. Ejemplo: biocombustibles.

El IPCC recomienda usar biocombustibles, pero en el mundo hay miles de organizaciones ecológicas que se oponen a ello. Aquí se nota que el IPCC empieza a dudar de la capacidad de las sociedades de reaccionar a tiempo, por lo que recomienda echar mano de medidas más extremas y radicales. Para parar el calentamiento global vale todo, incluso males menores, como pueden ser unos grados adicionales de erosión de suelos o incluso cambios drásticos de uso del suelo, como es el caso de destinar áreas boscosas en la Amazonia para cultivos destinados a biocombustibles.

El IPCC llega a recomendar en uno de sus escenarios extremos hasta 7 millones de kilómetros cuadrados de superficie para dicho fin, es decir, ¡700 millones de hectáreas para cultivos destinados a biocombustibles! Urgen niveles de coordinación global para evitar dar la impresión que vale cualquier cosa si tan solo aporta algo a combatir el calentamiento global. El peligro que yace en estas posiciones es la desorientación, la desmovilización, la falta de nortes claros. Esto puede ser muy frustrante y, lo peor, paralizante. Se opta por estas salidas zigzagueantes porque no se tiene ninguna confianza que medidas rectas, claras y directas serán adecua y oportunamente implementadas, si o si, por los más de 200 países y territorios que colonizan nuestro mundo. ¡Economistas y politólogos climáticos, ambientalistas y planificadores, ¿hay algo así?, ésta puede ser vuestra hora, hay que construir gobernanza a marchas forzadas en las esferas que tienen que liderar esta transición! 

A todo ello se agrega una estructura de tomadores de decisiones en el planeta que viene de siglos pasados. Me refiero al hecho que el mundo está dividido en países y que son éstos los que toman decisiones sobre sus respectivos retazos planetarios en función de una soberanía que hace mucho no controlan ni manejan de modo compatible con el medio ambiente y los derechos de la Madre Naturaleza. Es más, más allá del negacionismo y de los afanes de resolver ahora las responsabilidades que le corresponden a cada país por los desastres, existe una gran desidia nacional, la instalación de patrones de uso, abuso y explotación de los recursos que rayan en la locura, como los que al presente seguimos viendo en Bolivia luego de más de 2 meses de haberse iniciado los incendios en la región amazónica de la Chiquitania. 

Con dichos comportamientos, con dichas estructuras de decisión, sin que exista un ejército de Gretas en cada retazo del planeta, ¿quién, cómo y cuándo se va a ocupar realmente de enfrentar todos y cada uno de estos problemas? Parecería que no existe una estructura –ni en el conjunto, tampoco en sus partes– capaz de encargarse de estos problemas, encararlos resueltamente y resolverlos satisfactoriamente.

Concluyendo estas reflexiones podemos observar que los mil problemas que nos acosan y nos gobiernan realmente nos impiden ver, apreciar y valorar la catástrofe que ya tenemos encima en toda su dimensión. Dicha inmensa gama de problemas que tenemos encima nos enceguece, nos arrebata los medios y recursos que deberíamos liberar para ponerlos todos al servicio exclusivo de este desafío existencial que le toca enfrentar a la humanidad entera y usar todos nuestros medios para salir vivos de esta hecatombe en marcha. Pero da la impresión que somos demasiado débiles, nuestras energías y recursos están demasiado dispersos y comprometidos y estamos demasiado divididos y muy incapacitados para comunicarnos y entendernos, como para que seamos capaces de realizar un esfuerzo conjunto de tales dimensiones. 

Bajo estas consideraciones, no tenemos ni esos 8 años y medio. Sin encarar una multitud de transformaciones, ajustes, cambios y revoluciones en todos los temas y asuntos pendientes que tenemos en los armarios, no seremos capaces de mirar con la claridad y la llaneza con las que Greta ve el problema y se encarga de enrostrárnoslo -tierna, pero intransigentemente- en todas las formas que mejor se le ocurren. 

En este punto es interesante tomar en cuenta, cómo así Greta consigue centrar toda su atención en la hecatombe climática sin desviar su atención bajo ninguna circunstancia. En el diálogo que sigue se puede comprender:

@WmBrangham: La sensación de urgencia en torno al cambio climático no es tan intensa como cree que debería ser. ¿Por qué? 

@GretaThunberg, en parte: "Los humanos son animales sociales. Seguimos la corriente... Estoy en el espectro del autismo y no suelo seguir la 'codificación' social. ... Voy por mi propio camino".
 
Si, en efecto, aquí parece estar la clave de la abulia y la desidia, de la falta de ganas y voluntades para asumir y enfrentar el mayor desafío que la humanidad ha tenido a lo largo de toda su historia. “Los humanos” seguimos la corriente, somos animales sociales repletos de problemas, mientras que Greta va por su propio camino. [Recomiendo ver el breve video adjunto tomado de Twitter para conocer el punto de vista de Greta en: https://twitter.com/NewsHour/status/1172639946924011523?s=07]

Al fin de cuentas queda la impresión que la debacle climática es poca cosa en comparación con todo el torbellino de problemas que padecemos, de prejuicios que arrastramos, de estructuras caducas que gobiernan el mundo y de basura que hemos acumulado. 

Si vemos claramente las cosas, tenemos que admitir que la debacle climática es el resultado inevitable de toda una inmensa cadena de errores, omisiones, claudicaciones, incomprensiones, enemistades, prejuicios y angurrias históricamente acumulados, es decir, de toda la basura que hemos ido escondiendo y metiendo bajo todas las alfombras imaginables a través de todos los tiempos, circunstancias en las que además hemos llegado al extremo de no haber organizado un sistema común de administración de nuestra casa común que sea capaz de mantener el planeta en las mismas o mejores condiciones que al inicio.

Es imaginable que en los próximos años, antes de los 8 años, nos veamos todos obligados a entregar poderes plenos y plenipotenciarios a algún MOGUL GLOBAL que nos imponga todas las medidas que tendremos que aplicar bajo las penas más severas. Recién en ese caso y en ese escenario es posible que nos aprestemos a encarar de modo conjunto y obligado el mayor desafío que en la historia ha tenido que enfrentar la humanidad: limpiar su casa. 

DA LA IMPRESIÓN QUE ESTUVIÉRAMOS DEMASIADO OCUPADOS CON LOS PROBLEMAS QUE NOS ACOSAN COMO PARA OCUPARNOS DE LUCHAR CONTRA LA HECATOMBE CLIMÁTICA



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(*) Economista. Experto en planificación regional y coautor de la mayor parte de los Planes de Uso del Suelo en Bolivia. Catedrático de “Desarrollo del Capitalismo”. La Paz, Bolivia.