04 enero 2016

2016, AÑO DE CRISIS SIN PUNTO DE INFLEXIÓN



 Carlos Rodrigo Zapata C.

El año se presenta lleno de nubarrones e incertidumbres mayores que las usuales. Ello es signo de inquietud, preocupación y vacilación. Qué es lo que percibimos para el nuevo año en los diversos ámbitos, es un ejercicio necesario, especialmente como forma de anticipar diversas evoluciones, marcar algunas pautas y destacar diferencias. Pero, veamos cómo pinta el año en los planos internacional, latinoamericano y boliviano.

La economía mundial está revuelta. 

Los precios de las materias primas se mantendrán claramente en los niveles actuales o algo menores, simplemente porque no hay motores de crecimiento en la economía mundial. China ha reducido notablemente su ritmo de crecimiento, India trata de reemplazar esa caída, y por lo demás no se avizoran otras economías con perspectivas de crecimiento significativo. A ello se suma que se siguen acumulan excedentes de petróleo, por lo que no habrá ningún incentivo para que los precios crezcan nuevamente. Los Estados Unidos empezarán a exportar petróleo y gas provenientes de sus inconmensurables yacimientos de esquisto, lo que significará un nuevo traspié para el mercado de energía fósil.

Se estima que el problema de endeudamiento en el mundo se agravará. Existen varios factores que contribuyen a ello, en particular, los incrementos de las tasas de interés, el lento o nulo crecimiento económico, la muy baja inflación, la acumulación de deudas que superan todo record histórico del pasado y la tozuda persistencia centrada en la austeridad. También se vaticina la posibilidad que el mundo entre de lleno en una era de incumplimiento de sus compromisos financieros, lo que si sucediera podría desencadenar un agravamiento muy pronunciado de la crisis económica mundial.

Por cierto que buena parte de la crisis mundial tiene que ver con los conflictos bélicos en marcha que acosan a muchos países. No es un clima para invertir, menos para obtener utilidades significativas. No obstante, no se espera que la conflictividad misma imperante en la escena internacional contribuya a contrarrestar las tendencias mencionadas.

La excepción parece ser el comportamiento de los mercados de valores. Se estima que a las bolsas les irá bien, por lo que invertir en acciones y otros valores que se transan en las bolsas resultará uno de los negocios menos riesgosos. Ese comportamiento excepcional se debe básicamente a la política del Quantitative Easing (facilitación de dinero), por la cual los bancos centrales ponen a disposición de los bancos grandes sumas a cambio de su cartera de menor riesgo, lo que permite a los bancos adquirir liquidez y continuar con su labor de colocar sus fondos en nuevas operaciones financieras. Ello está permitiendo que las bolsas continúen haciendo pingues negocios cuando el resto del planeta se ve confrontado a graves restricciones. No obstante, esta política no irá mucho más lejos que evitar una deflación descontrolada, lo cual no es poca cosa, pero estará muy lejos de contribuir a desencadenar ritmos de crecimiento mayores, al menos mientras los bancos centrales no amplíen los valores que se permiten adquirir (al presente, restringidos a papeles de la deuda pública de los estados de eurozona, en el caso europeo). Por lo que se puede apreciar, subsiste un muy hondo temor a todo sistema de financiarización que fue el instrumento que llevó a la crisis mundial el 2008, por lo que es difícilmente imaginable que se diversifiquen los títulos y valores que adquieren.

¿Qué ocurrirá en América Latina

Su evolución dependerá del grado y la medida en que puedan exportar. Dado que el grueso de las exportaciones latinoamericanas son materias primas, más o menos refinadas, y alimentos, y que los precios de estos productos en general han caído significativamente, sin signos de recuperarse en el corto plazo, el problema radicará en la competitividad de las demás exportaciones latinoamericanas, es decir, de aquellas que no son materias primas o alimentos y que por lo general tienen un cierto componente tecnológico y valor agregado más sofisticado.

Por los primeros movimientos que van ejecutando los diversos países latinoamericanos, todo indica que están muy conscientes que sus demás productos no son competitivos y que están dispuestos a vender los que tienen a precios reducidos. Los altos niveles de devaluación de las monedas latinoamericanas nos están mostrando esos extremos. Ahora Argentina se sumó de lleno a ese comportamiento al haber oficializado la devaluación de su moneda en 30%. En los siguientes meses veremos una carrera por la reducción de la paridad cambiaria de las monedas latinoamericanas, lo que puede contribuir a reducir la cuantía en la caída de las exportaciones, pero terminará tapando problemas en los frentes de la deuda y el empleo, todo lo que a su vez repercutirá en las tasas de inflación. Dicho en breve: si el panorama internacional es oscuro, el latinoamericano es negro. El tiempo de las vacas flacas llegó, y en tropel. 

El caso de Bolivia es atípico

Bolivia se halla en medio del escenario latinoamericano, pero no presenta un panorama tan negro como el que se puede apreciar para el resto de la región. 

¿A qué se debe esa circunstancia? Al hecho que Bolivia en promedio ha sextuplicado sus exportaciones en el periodo 2006-2015 con respecto al promedio de las exportaciones del periodo neoliberal, cifra que en algunos años incluso se ha multiplicado por  8 y hasta por 9 veces, hazaña que ni remotamente han logrado alcanzar los demás países de la región y tampoco el propio país en el pasado. Los datos al respecto son muy elocuentes. 

Si se compara el período neoliberal con el actual periodo de gobierno, se observa que entre 1985 y 2005 las exportaciones bolivianas alcanzaron en promedio un monto anual de 1500 millones de dólares, una pigricia podría decirse si se compara con los 58000 millones anuales del Brasil para ese mismo periodo o los 23000 millones de la Argentina, por poner un par de ejemplos. En cambio en el actual periodo de gobierno, gracias a los fabulosos precios de las materias que han regido durante gran parte de los últimos 10 años, las exportaciones han superado en promedio los 9000 millones de dólares anuales. Ello significa que en el actual periodo de gobierno de Evo Morales la economía ha dispuesto  en promedio de 6 veces más ingresos por exportaciones que en todo el periodo neoliberal, lo que ha permitido encarar simultáneamente múltiples objetivos, como ser un alto presupuesto de inversión pública (destinando inversiones inauditas de miles de millones de dólares a plantas de refinación de hidrocarburos y minerales que han reforzado el actual esquema extractivista), un dispendioso gasto en la administración pública, un ritmo de crecimiento del endeudamiento público relativamente bajo, un crecimiento desmesurado de las importaciones, un tipo de cambio "súper fijo", operaciones generosas de mercado abierto para controlar la inflación y mantener unas reservas internacionales altas. En este punto es oportuno señalar que destacar la importancia de las exportaciones para caracterizar el proceso de crecimiento se debe al hecho que la disponibilidad de divisas permite superar muchas de las trabas que clásicamente mantienen atenazadas a las economías con perfil primario exportador. En este marco es de provecho conocer un artículo en el que se muestra el lugar crucial que ocupan las exportaciones en el crecimiento.

Así, mientras Bolivia lograba multiplicar sus exportaciones hasta en 9 (veces en comparación con las que obtenía en el periodo neoliberal), otros países latinoamericanos llegaron a cuadriplicar sus exportaciones. En comparación con las exportaciones del año 2000 (que coincide en el caso de Bolivia con el promedio de exportaciones alcanzados por los gobiernos neoliberales entre 1985 y 2005), Brasil y Chile lograron cuadruplicar sus exportaciones el año 2011, mientras que Venezuela llegó como máximo a triplicar sus exportaciones en el año 2010 y Argentina logró lo mismo el 2011. En el caso de Bolivia, el 2008 ya quintuplicó sus exportaciones y el año 2014 llegó a multiplicar por 9 los valores del año 2000. 

Todo ello también se ha traducido en el hecho que la fracción de las exportaciones que no controla el estado ha permitido a los privados obtener ingresos millonarios, al punto que al presente las cuentas de ahorro de los bolivianos superan los 15.000 millones de dólares, sin duda, otra reserva importante para el tiempo de las vacas flacas. En relación con los otros países latinoamericanos la posición boliviana resulta sin duda única, básicamente por sus muy bajos niveles históricos de exportaciones que súbitamente se vieron acrecentados en la última década, lo que permitió acumular muchas reservas que se espera puedan contribuir a reducir el impacto de la crisis económica internacional.

No solo eso, sino que gracias a dichas reservas, Bolivia está en condiciones de mantener inalterable su tipo de cambio, lo que le permitirá obtener algunos beneficios derivados de  las devaluaciones vecinas, beneficios que probablemente superarán el costo que la devaluación de los vecinos ocasionará a los productores domésticos que ya se están viendo avasallados por las importaciones legales y por la vía del contrabando. Si efectivamente se ejecuta el presupuesto de inversión pública para 2016 que supera los 8000 millones de dólares (¡16 veces mayor que el que históricamente lograron ejecutar los gobiernos anteriores que no gozaron de esta lluvia de dólares!) y se puede aprovechar los precios de descuento que existen en muchas economías de la región, es imaginable ahorros de varios cientos de millones de dólares, siempre y cuando ese sea el espíritu que se tiene cuando se salga de compras. 

Dicho en breve, desde el punto de vista macroeconómico, no hay razón para que a Bolivia le vaya mal, pues sus condiciones son al presente muy distintas a las que se presentan en el común de los países de la región que ya cayeron en la trampa de los países de ingresos medios. Es más, en el marco de la convergencia internacional (el enfoque del "catch up"), Bolivia debería crecer a tasas muy superiores a las históricamente alcanzadas (como hemos mostrado en otra nota). Más allá de todo ello, la situación es distinta cuando observamos el empleo y los salarios, y cuando ponemos atención en el tema ambiental. 

Uno de los soportes del actual modelo de crecimiento es el sector informal que se ha convertido en un mecanismo multifacético que sirve para procesar simultáneamente una diversidad de formas de vulnerar normas y reglas establecidas, a la vez que ofrece deplorables niveles de vida. En el sector informal se procesan productos de contrabando, se vulneran leyes laborales, impositivas, industriales, ambientales, al mismo tiempo que se mantienen condiciones de vida y trabajo muy lamentables. La existencia y expansión de este sector ha permitido que hasta el presente se destine una baja proporción del excedente económico para generar condiciones de vida y trabajo digno y decente, lo que ha permitido ahorrar una porción significativa de dicho excedente que al presente se invierte en los aspectos ya señalados, aunque no en el cambio de la matriz productiva. Dicho de otro modo: el esfuerzo y el sacrificio de cientos de miles de vendedores ambulantes y comerciante minoristas, de transportistas, cocaleros, mineros y otros sectores sociales con empleo precarios no han sido tenidos en cuenta, por lo que no pueden tener la certeza de contar con mejores condiciones de vida y trabajo en los próximos años. Por todo ello, ninguna mejora sustantiva puede esperar en el curso del 2016, y muy probablemente en lo que resta de la presente década. 

Los niveles salariales no podrán seguir creciendo, ni siquiera en la mínima proporción que fue posible en los años pasados, como sucedió con el salario mínimo. Los demás ingresos se verán congelados, por lo que el tema de la inflación cobrará mucha mayor importancia en la disputa social, especialmente en los sectores sociales que ya sufren el embate del congelamiento de sus ingresos, como es el caso del sector de los jubilados.
 
Gran parte de las decisiones para limitar los impactos derivados de la crisis económica internacional, se relacionan con inversiones en materia extractiva, sea autorizando la exploración y, si fuera el caso, la explotación de hidrocarburos incluso en áreas protegidas, o autorizando la ampliación de la frontera agrícola en 1 millón de hectáreas anuales, lo cual deberá acontecer básicamente deforestando y cambiando drásticamente el uso actual del suelo. 

Con ello y otras medidas (como la construcción de la carrera al Beni por el Tipnis, la construcción de grandes embalses para hidroeléctricas, entre otros) y diversas omisiones (los temas de contaminación minera, principalmente), el medio ambiente funge junto al sector informal como otro de los paganos del pato, es decir, como las cajas grandes que soportan el impacto real del modelo aplicado centrado en el extractivismo y en la extracción de plusvalía de la sociedad que soporta condiciones muy precarias de vida (en materia de vivienda y hábitat, así como de salud, educación y seguridad ciudadana), sin perspectivas ciertas y certeras de cambio y de superación de esas condiciones. 

En suma, todo seguirá más o menos igual, lo cual no es una buena noticia, pero en vista del panorama internacional y regional prevaleciente, tampoco se la puede ver como una mala noticia. 

El único factor que puede contribuir a cambiar algo esta situación radica en el referéndum de febrero de 2016 para definir si se acepta una enmienda a la Constitución que abra la posibilidad de una segunda reelección. Dado el hastío existente y el hecho que no se espera ningún cambio significativo en la matriz productiva en los siguientes años, es muy probable que el electorado rechace la posibilidad de continuidad, lo que dejaría las puertas abiertas a otros candidatos del mismo frente gobernante, así como de la oposición. Dada la gran heterogeneidad de puntos de vista existente en la oposición y la falta de una propuesta alternativa clara, es perfectamente imaginable que en caso que se rechace la opción de una nueva reelección, el actual frente gobernante pueda alzarse con una victoria, aún sin su actual líder político en las siguientes elecciones en 2019. Ello sería sin duda una gran decepción, pues los tiempos apuntan a cambio, a nuevos horizontes, a lograr transformaciones de fondo, ya que Bolivia pese a cierto repunte en los últimos años, aún sigue ocupando los últimos peldaños en una gran diversidad  de asuntos de importancia e interés para los ciudadanos. 

En todo caso, es de esperar que el año transcurra sin otros sofocones y malas sorpresas.