09 septiembre 2013

Democracia: ¿Caballo de Troya contra los pueblos?



Carlos Rodrigo Zapata C. (*)


En los últimos tiempos vemos absortos cómo se atenta contra nuestra fe en la democracia, entendida como “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Esa idea adquiere un trazo cada vez más borroso y bochornoso, pese a lo cual se pretende que continuemos venerando a esa vieja esfinge, como si en toda circunstancia pudiera mantener incólume su brillo de antaño.

Las grandes luchas que se han dado por la democracia en América Latina, Asia, África y ahora en el mundo árabe, no guardan relación alguna ni con su antiguo brillo, ni con lo que efectivamente nos está dando este sistema de gobierno, produciendo un vacío cada vez más profundo y una gran orfandad en materia de organización de los estados y de la acción colectiva de los pueblos. Incluso la trillada frase de Churchill, que “la democracia es la peor forma de gobierno, excepto todas las otras formas que se han probado de tiempo en tiempo”, ya no nos deja ni siquiera la migaja aquella con la que solíamos contentarnos. Lo que vamos viendo con precisión milimétrica es que los grupos de poder de todo el orbe recurren agradecidos a la antigua idea de la democracia, pues comulga con el sentido más íntimo y profundo de convivencia pacífica que abrigan todos los seres humanos en su fuero más íntimo. Ya es tiempo de llamar a las cosas por su nombre.

Los casos que ejemplifican la crisis de la democracia crecen exponencialmente en la medida que se multiplican los afanes de diversas parcialidades (llámense partidos, castas, sectas, camarillas, etc.) por mantenerse en el poder a toda costa, sin dejar de autocalificarse de democráticas.

Veamos algunos de los casos más sonados de los últimos tiempos, digamos mejor, del presente año 2013.

El caso de Egipto con el Sr. Mursi y los Hermanos Musulmanes es sin duda paradigmático, como son los demás. El Sr. Mursi se hizo elegir a la presidencia con el voto popular prometiendo un gobierno para todos, superando resistencias atávicas del resto de la sociedad egipcia. No obstante, tan pronto se posicionó en el poder, el Tribunal Constitucional declaró ilegal la composición de la Asamblea Constituyente que había elaborado la Carta Magna, con el resultado que los Hermanos Musulmanes ya no fueron vistos por una parte considerable de la sociedad egipcia como una representación aceptable, digna de confiar. Mursi creyó que su mayoría era un cheque en blanco para hacer lo que se le antojaba. No contó con que el verdadero poder de la sociedad egipcia seguía radicando en los militares que dieron un golpe brutal y sangriento, y no contentos con ello, liberaron al Sr. Mubarak  de su temporal encierro, quien permaneció 30 años en el poder (mediante referéndums y elecciones), pese a que hacía tiempo se había convertido en un tirano electoralmente aceptado.

El caso de Turquía muestra a un Presidente que se cree con poderes omnímodos sobre la población para dictar e imponer su criterio (“este Estado no es su juguete", Erdogan), como si no existiera una sociedad con derechos y propuestas de construir un orden participativo y democrático. Las manifestaciones en la plaza Taksim en Estambul (ocasionadas por la imposición gubernamental de construir un centro comercial en un área –el parque Gezi- que la población local prefería destinar a recreación pública) no sólo fueron creciendo en intensidad y masividad, sino que empezaron a ser imitadas en otras partes del país, incluyendo nuevas demandas, siendo común a dichas manifestaciones la exigencia de democracia y apertura. La continua represión al pueblo turco permitió reconocer plenamente las verdaderas aristas del sistema de gobierno imperante en la península turca, ya que en el límite, en el extremo, podemos descubrir el carácter, el modo de comportamiento realmente existente. El Sr. Erdogan cuenta con el respaldo de la OTAN que lo considera un aliado indispensable, como también era valorado Mubarak en Egipto.

También podemos ver actitudes y comportamientos similares a lo largo y ancho de nuestra América y la del Norte. El caso de Obama y Siria es ejemplar de la crisis de la democracia. Obama señaló en su anuncio de atacar a Siria sine die que él podía tomar esa decisión sin necesidad de autorización congresal, pero que esperaría esa autorización en aras del interés nacional. Aunque mostró su magnanimidad al no emplear de inmediato los poderes que le confieren sus leyes, no tomó en cuenta a la comunidad internacional, a las Naciones Unidades y al Consejo de Seguridad, todo en aras de la seguridad nacional. El Sr. Kerry, su Ministro de Exteriores, reiteró esa potestad de Obama por ser el comandante supremo de las fuerzas armadas norteamericanas. Así la democracia se va perfilando cada vez más como el producto y resultado de decisiones de carácter autoritario. La suerte de Siria depende de la voluntad de Obama, mientras que todo proceso democrático institucional -nacional e internacional- puede quedarse a la vera del camino. ¡Qué sistemas de gobiernos tan flexibles y moldeables los que nos gastamos!

En Colombia, Venezuela, Ecuador, Chile, Bolivia, por mencionar sólo un conjunto de casos en nuestro continente, observamos de igual modo una serie de decisiones de autoritarias que forman la base de decisiones electorales que de cuando en cuando se les permite tomar a los pueblos. Este sistema democrático, llamado unas veces despotismo ilustrado (“todo para el pueblo pero sin el pueblo”) y otras, simplemente oclocracia (“el peor de todos los sistemas políticos”, Polibio) ha conducido a la democracia al hazmerreir de la historia, pues ya no es chicha ni limonada, sino exactamente todo lo contrario.

Recuerdo a un profesor que se empeñaba en explicarnos la importancia de la continuidad de los gobernantes eficientes. Posiblemente no se imaginó que abrir el candado de la reelección conduciría a desatar toda suerte de efluvios de poder, dedicándose en adelante los gobernantes de turno, sean eficientes o no, a estudiar e implementar las mil y una formas de perpetuarse en el poder.

Por ello, por ser útil y oportuno para reflejar las tendencias actuales de la democracia en el mundo, es pertinente redefinir la democracia como el conjunto de decisiones autoritarias que sirven de fundamento para la toma ocasional de decisiones electorales. De este modo, las decisiones electorales son degradadas a la condición de sainetes de un drama, donde en algún momento le toca al “pueblo” salir al escenario a gritar a coro el nombre de su nuevo salvador. 

Este es el modo en que todo pueblo -una vez que recupera plenamente sus cabales- empieza a añorar el retorno a la democracia, una de verdad. Y ahí suele empezar nuevamente todo el circuito ya conocido.


(*) Economista, analista político. Ha acuñado la expresión de la “democracia oligárquica o caciquil” para caracterizar las deformaciones que fue sufriendo la democracia en Bolivia desde su recuperación en los años ochenta del pasado siglo. 


02 septiembre 2013

LA PAZ ETERNA DE IMMANUEL KANT


Carlos Rodrigo Zapata C. (*)

El filósofo alemán Immanuel Kant, allá por el año 1795 en su ciudad natal de Königsberg, decidió reflexionar de modo sistemático acerca de la posibilidad de alcanzar la paz eterna en el mundo, un estado en el que la guerra, los conflictos y las desavenencias pudieran quedar desterrados para siempre de la sociedad humana.
Luego de largas cavilaciones llegó a conclusiones poco satisfactorias para la finalidad que se había propuesto. Descubrió que sólo un gobierno universal, organizado sobre la base de leyes de alcance igualmente universal sería un fundamento básico para aspirar a ese fin. No obstante, observó que las condiciones en nuestro planeta no ofrecían la menor oportunidad de arribar a esa meta debido sobre todo a los distintos intereses en pugna y a las rivalidades entre Estados.
Cuando todo hace suponer que concluirá su escrito ("Zum ewigen Frieden", 1795) con una colección de vaticinios pesimistas acerca de la imposibilidad de la paz eterna y que nos dejará con más dudas y preguntas que al principio de su reflexión, Kant nos sorprende con una exhortación inesperada, portadora de esperanza de paz.
Kant considera que la paz eterna no es posible, pero sí, y en cada instante, es posible crear el fundamento de la paz futura. Dado que él estima que el estado habitual ("Naturzustande") de la sociedad humana es un estado de conflagración, guerra y conflicto, aconseja apostar en favor de la paz futura con la siguiente reflexión: "En medio del fragor de la contienda aún debe quedar algún resto de confianza en el modo de pensar del adversario, pues de otro modo tampoco podrá acordarse la paz futura entre los adversarios de antaño". Si el adversario no es capaz de renunciar al empleo de métodos infames en la contienda, ¿cómo podría creerse que éste aún respeta algún principio o norma ética de convivencia, cómo podría confiarse en su intención de una paz futura?
Mantener algún "resto de confianza en el modo de pensar del adversario" es el único elemento práctico que Kant consigue rescatar a lo largo de su reflexión y que aún hoy podemos aprovechar como plenamente certera para enrumbar nuestros conflictos, en aras de una paz futura, en la que también deberemos convivir con nuestros adversarios.
Si bien la reflexión kantiana se limita a las relaciones entre los Estados, es posible extender la misma a las relaciones entre grupos y facciones de toda índole. Restarle toda buena fe a la conducta de los rivales y adversarios (sean estos políticos, económicos, culturales, etc.) es un acto que presupone que la paz es un bien público que se produce y reproduce por generación espontánea. Kant considera que la paz debe ser creada ("gestieftet") y recreada constantemente, y que la confianza no nace sólo del ánimo y predisposición natural de los seres humanos de confiar, sea en aras de la paz futura o de evitar conflictos, sino y principalmente del respeto a un marco legal mínimo al cual se sujeten los individuos. 
Cómo traducir esa conclusión de Kant a nuestra época en la que "mantener un resto de confianza en el modo de pensar del adversario" aparece como una actitud anticuada y empolvada por la pátina del tiempo? En nuestra sociedad esa actitud se hace sospechosa no sólo de debilidad y flaqueza, sino también de complicidad. ¿Acaso somos infalibles y consideramos en nuestra conducta el supremo bien de la paz como norma permanente, acaso estamos dispuestos a sacrificar ventajas de cualquier índole en aras de esa paz futura? Si definimos el conflicto como la existencia de lógicas antagónicas que coexisten en el mismo tiempo y espacio, y aceptamos que sólo la modificación, aunque sea parcial de las mismas nos permitirá reducir o eliminar el conflicto subyacente, entonces tendremos que aceptar todas las fórmulas que nos ayuden a modificar esas lógicas.
Kant nos dice que en última instancia será ese "resto de confianza en el modo de pensar del adversario" en medio del fragor de la contienda el instrumento que nos permitirá sentar las bases de una paz futura. No nos dice que la paz retornará de inmediato, tampoco que la contienda desaparecerá como por encanto, menos que las "razones" que la motivaron dejarán de existir. Nos señala únicamente un camino para modificar las bases que le dieron vida, y ni siquiera eso, nos enseña que comunicarle al adversario que aún queda un hálito de humanidad en nosotros es el fundamento de una paz futura. Ese es el mensaje de Kant, el racionalista y humanista alemán que no le confiaba mucho al ser humano lo que podría hacer con sus congéneres.
La conclusión válida para nosotros y nuestro tiempo es que no debemos esperar que las voluntades de las partes en conflicto se hallen continuamente dispuestas a ceder en sus posiciones y a confiar ilimitadamente en el modo de pensar del adversario. Es necesario crear el marco de respeto legal en que la convivencia humana tiene lugar, pues sólo la combinación de ambos -voluntad de confiar en el adversario y respeto a los derechos ciudadanos- puede ser la base de una convivencia humana fundada en la paz.


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(*) Publicado el 7 de enero de 1993 en la columna “Claraboya” de Ultima Hora, La Paz, Bolivia.   E-mail: carlosrodrigozapata@gmail.com; Twitter: @CharlsZapata





10 agosto 2013

Mónica Rina Mamani, acuarelista alteña



La acuarelista Mónica Rina Mamani ha presentado una exposición personal en la Galería ARTE 21, en la zona Sur de la ciudad de La Paz, donde nos muestra sus múltiples facetas artísticas.

Sus obras nos presentan diversas entradas a nuestra propia ciudad de La Paz, resaltando algunos espacios de la urbe, así como múltiples manifestaciones de nuestra propia cultura. 

Todas esas expresiones de nuestro medio son llevadas al lienzo por Mónica con un estilo particular, donde el detalle se mezcla con la delicadeza, y todo ello con colores vivos  -que son los que dominan nuestras grandes altitudes.

La presencia del Maestro Ricardo Pérez Alcalá en la inauguración de la exposición al lado de la artista sin duda contribuyó a destacar las poderosas influencias que han contribuido a desarrollar el arte de Mónica.

Desde este espacio le deseamos a Mónica mucho éxito en su actividad artística y que siga ganando nuevos admiradores de su obra y su inquietud permanente.


 Carlos Rodrigo Zapata C.