Carlos
Rodrigo Zapata C. (*)
El
Deber ha publicado una entrevista con José Luis Lupo, actual ministro de la
Presidencia, quien señala algunos rasgos que debería contener la reforma del
Estado. [1] Lo más llamativo en este contexto es el hecho que Lupo se refiere a
diversas falencias y la urgencia de superarlas, pero en ningún momento toca la
cuestión capital que hace inviable el desarrollo económico, social y ambiental
del país: los obstáculos estructurales.
Antes
de pasar revista a sus planteamientos señalemos de modo sucinto en qué consiste
la cuestión de los obstáculos estructurales. Sin pretender agotar esta
problemática señalemos los principales obstáculos que bloquean continuamente
nuestras posibilidades de desarrollo. Ello nos permitirá comprender, por
ejemplo, que los bloqueos de carreteras que sufrimos ocasionalmente no son más
que una manifestación circunstancial en comparación con el bloqueo nacional permanente
que nos ocasionan los obstáculos estructurales.
Entre
dichos obstáculos se encuentran el extractivismo depredador, la informalidad,
la economía delincuencial con sus múltiples cabezas (narcotráfico, contrabando,
explotación de oro, tala de bosques), la desinstitucionalización generalizada
del aparato estatal y, como producto final generado por todos ellos, la pérdida
progresiva de soberanía nacional. Este último obstáculo significa que ni
siquiera contamos con la fuerza del Estado para poder defendernos de estos
males. En ese marco, ni actuamos sobre las causas profundas de la debacle
nacional y ni siquiera contamos con el instrumento indispensable para poder
intervenir en todas las esferas que lo componen. Más fundidos no podemos estar.
¿Cómo
han surgido dichos obstáculos, por qué no se les da la atención que requieren,
por qué el ministro que está esbozando la reforma del Estado no los toma en
cuenta? Son múltiples preguntas que quedan nuevamente sin responder, no solo
ahora, sino desde siempre, pese al daño que producen: destruyen las bases del
desarrollo, hacen inviable el futuro nacional.
Vayamos
a la entrevista y destaquemos algunos lineamientos de política gubernamental propuestos
por el ministro Lupo y analicémoslos brevemente. Habla de confianza,
institucionalidad, de independencia de poderes, en fin, maneja un vocabulario
que recuerda a reformistas de pura cepa, lo cual ya representa un cambio significativo
en nuestro medio, acostumbrados a “meterle nomás”, sin tomar en cuenta el
contexto histórico-estructural en el que nos hallamos estancados.
Principales propuestas de reforma del
Estado
Señalemos
las principales propuestas del ministro Lupo, pero destaquemos al mismo tiempo también
sus limitaciones.
n
“Pasar
de un Estado discrecional a un Estado institucional”, poner la institucionalidad
en el centro de un proceso de reformas, es la carta más fuerte que Lupo pone
sobre la mesa y la respalda con algunas reflexiones que señalan la vía que
podría seguirse. Entre ellas destaca la necesidad de recuperar la
institucionalidad del Estado y ponerla al servicio del ciudadano y menciona diversas
medidas ya tomadas que atacan diversos aspectos de ese proceso de
desinstitucionalización o, lo que viene a ser lo mismo, del uso del Estado para
fines privados, de grupos o personas.
En
este marco su aseveración más fuerte es la siguiente: “Durante demasiado tiempo
fuimos acumulando excepciones, discrecionalidades y prácticas que terminaron
naturalizándose. Cuando eso ocurre, las instituciones dejan de funcionar con
reglas previsibles y empiezan a depender de decisiones coyunturales, intereses
particulares o relaciones de poder. El Estado no puede funcionar así”.
Lo
que Lupo está describiendo magníficamente, posiblemente sin tener plena
consciencia de ello, es el proceso mediante el cual nacen los obstáculos
estructurales a lo largo de dilatados periodos de tiempo y se constituyen en el
verdadero drama del país. Si a esa “naturalización de las excepciones” a las
que se refiere le agregamos el hecho que entretanto ya hay millones de ciudadanos
que se han fabricado formas de vida y trabajo usualmente muy precarias para
ganarse el sustento diario en esa atmósfera desinstitucionalizada, entonces ya
tenemos claramente delineado el obstáculo estructural.
Eso
significa que por la inmensa cantidad de gente que ya vive en el marco de unas
“reglas discrecionales” habrá una gran resistencia a abandonar esas prácticas, de
donde resulta la plena vigencia de este obstáculo estructural. Este es el caso
de la informalidad que alberga al 85% de la fuerza laboral del país,
equivalente a unos 6 millones de personas, y vive en el marco de sus propias
reglas de relacionamiento e intercambio, al margen de las que señalan la
constitución y las leyes.
¿De
qué reglas y prácticas se trata? De vivir del contrabando, de ropa usada, de
artículos pirateados (libros, videos, programas informáticos), de hacer caso
omiso de las leyes, de no cumplir normas ambientales y un largo etcétera que
incluye múltiples vínculos con la economía delincuencial y una inmensa
dependencia de favores el Estado. Esta situación es producto en gran parte de
las limitaciones de nuestro aparato productivo.
Lamentablemente
ni el país, ni los dirigentes de los diversos sectores informales han dado
señales de cómo cambiar este estado de cosas. Es crucial tener profundas
conversaciones nacionales para auscultar las vías que permitan salir del
laberinto en que nos hallamos. En la parte final de estas notas presento unos
lineamientos que nos ayuden a reflexionar sobre la forma en que debemos enfrentar
los obstáculos estructurales que ya se han apoderado de todo el país.
Parece
nomás que el “punto de equilibrio” de la sociedad reposa sobre estas prácticas
que dificultan enormemente todo progreso material. Si además se cuenta con múltiples
promesas de prebendas de parte del binomio ganador de las elecciones nacionales
y se tiene el voto de millones de informales siempre requeridos de favores del
Estado, entonces nadie da ninguna señal que el país requiere cambios profundos.
De
ese hecho se derivan a su vez dos obstáculos: la inmensa dificultad de
institucionalizar el Estado y la gran complejidad de guiar a la sociedad por
canales sostenibles. Sobre el primer punto vemos las enormes dificultades de
proponer reformas adecuadas si es que no se toma en cuenta la realidad del país.
Sobre el segundo punto es indispensable subrayar que todos debemos ganarnos el
sustento diario sin depredar, sin destruir las bases del futuro. Pero si los
recursos naturales renovables y no renovables son vistos como un botín
indispensable para la subsistencia, mientras que los derechos y la
sostenibilidad son percibidos como meros pretextos para impedir el acceso a
fuentes de subsistencia, entonces estamos entre dos males espantosos: o
depredamos o nos morimos de hambre.
Semejante
dilema es resuelto por la vía de los diversos obstáculos estructurales
señalados, es decir, tanto por los que optan por la explotación depredadora de
los recursos, como por los que apuntan por la desestructuración institucional, cerrando
de este modo las vías de un futuro sostenible.
Ahí
es donde toda sociedad compromete su futuro que se va esfumando ante sus ojos
sin poder hacer nada para impedirlo. Solo observar los millones de hectáreas
desboscadas, el envenenamiento del agua por la actividad minera y el saqueo del
patrimonio nacional por quienes lo explotan, son muestras que todos pueden
observar, de las que todos pueden derivar un futuro desesperanzador.
Todo
ello se debe a su vez a la ínfima productividad de las actividades informales,
al extremo que su subsistencia depende de varias fuentes desestructuradoras de
todo ordenamiento económico, legal e institucional: depende de su propia auto
explotación y de sus familias, de incumplir las leyes, de sus múltiples
vínculos con la economía delincuencial y de las prebendas y favores del Estado
para poder subsistir. Cada una de estas fuentes de subsistencia es producto de
la propia experiencia de los informales a lo largo ya de décadas, desde los
tiempos de la reforma agraria cuando empezó a emerger el sector informal en
nuestro medio a ritmo cada vez más acelerado como una manifestación
estructural, ya no episódica o circunstancial.
n
Otra propuesta que es menester destacar
en la entrevista con el ministro Lupo es relacionar la corrupción con
oportunidades de corrupción antes que con comportamientos ético-morales, según
el refrán “la ocasión hace al ladrón”. Este punto es importante, pues desplaza
la discusión sobre la corrupción de valores a prácticas. Es más factible
combatir la corrupción a corto y mediano plazo controlando los mecanismos que la
facilitan, antes que poner el acento en cambiar sistemas de valores. No
olvidemos la sentencia de Braudel, el historiador francés que decía que “las
mentalidades también son presas de la larga duración”. La cuestión radica en
comprender la dimensión, la escala, la profundidad en la que deberá actuarse
para eliminar todas esas prácticas. Y aquí nos damos de bruces nuevamente con la
omisión de los obstáculos estructurales.
Las
prácticas que hay que desmontar son tantas y tan diametralmente opuestas a las
que debe haber en un Estado razonablemente institucionalizado que da la
impresión que no será posible ningún cambio. Eso es lo que las generaciones
pasadas han hecho y nosotros seguimos repitiendo, incapaces de aprender del
pasado. Eso es lo que destaca Lupo cuando dice que “durante demasiado tiempo
fuimos acumulando excepciones, discrecionalidades y prácticas que terminaron
naturalizándose…”. El hecho es que seguimos tolerando prácticas ajenas a todo
nuestro ordenamiento legal, al punto que “meterle nomás” o “dejar hacer y dejar
pasar” ya parecen ser las consignas generalizadas del país. 6 millones de informales
no llegaron por accidente ni en un santiamén.
n También
aborda otro hierro candente del presente: las empresas públicas. En lugar de
sumarse a esquemas en los que hay que privatizar todo o dejarlo todo como está,
plantea un enfoque caso por caso. Lamentablemente el país está quebrado, razón
por la que ese enfoque puede verse muy rápidamente cuestionado. Lo que Lupo nos
está diciendo es que podemos seguir endeudándonos, ya que el déficit que
generan todas esas empresas quebradas o deficitarias no se paga con promesas.
Aquí no se entiende de qué modo aporta al fortalecimiento estatal ignorar esa
realidad, sea que se considere el contexto estrecho, sin obstáculos
estructurales, o el contexto catastrófico, con ellos. Por lo que se puede
apreciar, aún estamos muy lejos de tomar al toro por las astas. Como la pátina
del tiempo, todo huele a capitulación.
n
Otro
punto significativo de Lupo es su énfasis en el profesionalismo, independencia
y continuidad de las labores del Estado poniendo el acento en el mérito y los
directorios profesionales. De este modo busca evitar que el Estado se convierta
en un simple botín de los partidos que asumen la conducción del país. Es una
buena intención, pero no se puede apreciar cómo se llenará ese vacío.
El
hecho concreto es que a más de 8 meses de gestión se han cubierto todos esos
cargos estratégicos en más de 17 instituciones públicas con personal interino,
cuando esa opción debía ser la excepción (según los artículos 158, 159 y 172 de
la CPE, Ley 164 y Ley 466 de empresas públicas), demostrando con ello que
prefieren controlar y manejar de cerca a dicho personal estratégico antes que
permitir que su desempeño responda a sus propios criterios. Esta práctica
masista ha sido absolutamente nefasta, ya que al haber hecho de la excepción
una norma no solo se ha puesto en duda la idoneidad de las autoridades
interinas, sino que además se ha debilitado la función de independencia de
estas instituciones del poder ejecutivo. El mismo discurso de la institucionalización
se queda a medio camino. No basta con querer mejorar las cosas, eso ya no
sirve. Lo que se requiere es cambiar el fondo y la forma de las cosas porque en
Bolivia ambas están seriamente comprometidas.
Desde
siempre, y aunque nos cueste admitirlo, casi todos piensan que al final del día
es el Estado el ente que debe sacar las castañas del fuego, darle dirección y
sentido al país, construir desde adentro de sí mismo lo que deberá ser Bolivia,
pero por otra parte nadie cree que el Estado esté en condiciones de lograr algo
así. Es, francamente hablando, una posición esquizofrénica, pero sigue siendo
sensata, especialmente si la comparamos con las posiciones de anarquistas o de
liberales de todo fuste que apuntan a hacer desaparecer el Estado, así sea a
punta de dinamitazos, jurando que otros estamentos salvadores de la sociedad aparecerán
súbitamente apenas el Estado se esfume.
Si
tan solo hubiera una clase dirigente, una capa social dinámica y emprendedora,
comprometida con la suerte del país en toda circunstancia, empeñada en
formatear el país y sus instituciones y capaz de señalar hacia dónde debe marchar,
como ha sucedido en muchas otras sociedades, ya podríamos imaginarnos un futuro
sin Estado o con un Estado mucho menos absorbente, pero ese no es nuestro caso,
también estamos muy lejos de ese escenario, por lo que el Estado sigue siendo nomás
nuestro santo grial, el corazón de nuestras esperanzas.
n Lupo
asigna importancia decisiva a la institucionalidad como generadora de confianza,
pero no nos dice mucho de cómo se construye la confianza y la institucionalidad
y mucho menos de cuáles son los problemas de fondo que debe enfrentar. Para
basar la reforma del Estado en la institucionalidad tendríamos que tener ideas
claras sobre qué obstáculos enfrenta y qué resultados debe generar. Mientras
las condiciones de producción y reproducción del 85% de la fuerza de trabajo
permanezcan en el sector informal que vive de la desinstitucionalización en
todos los ámbitos imaginables, no puede pretenderse convertir la
institucionalidad en el motor de la reforma del Estado, pues ello significa
simple y llanamente que primero hay que desarticular las reglas y prácticas que
le dan vida al sector informal para poder avanzar.
Y
eso significa que ya antes que una reforma de la institucionalidad imperante se
requiere una revolución productiva. Dicho en pocas palabras: mientras no
comprendamos nuestra realidad y, por tanto, no la podamos tomar apropiadamente en
cuenta, ningún esfuerzo dará en el blanco, simplemente porque no sabemos hacia
dónde hay que apuntar. Amplío esta temática en la sección del qué hacer.
Por
todo ello, sin contar con un enfoque muy claro de cómo es posible generar
confianza fortaleciendo las instituciones y sin contar con una estrategia que
muestre cómo es posible lograr la transición de un Estado desinstitucionalizado
a otro institucionalizado en el marco de las leyes aprobadas por la ALP no es
posible ni imaginable que se logre ningún fortalecimiento institucional. En
breve, lo que se requiere es decir cómo se desmantelarán, controlarán o
desactivarán todos esos obstáculos estructurales, ya que los mismos se han convertido
en el mayor reto a todo intento por institucionalizar el país. Lupo no nos da
ninguna señal, simplemente parece obviar o desconocer estas cuestiones. Estamos
sentados sobre explosivos de gran potencia y aún ni nos hemos percatado.
n La posición de Lupo ante los bloqueos deja
mucho que desear. Se señala en la entrevista que él estuvo de acuerdo con los
diálogos y también con la idea de no sancionar a los bloqueadores, lo cual ya de
por sí echa por tierra la importancia de la institucionalidad, pues ella no es
posible en un ambiente en que a título de deudas pasadas se exime de encausar a
los responsables de muertes y daños inmensos. Aquí se cae en la trampa del
victimismo. Sin reconocer la igualdad ante la ley, tanto en materia de
derechos, como de deberes u obligaciones, no es posible ninguna
institucionalidad.
Parte
de nuestra propia tragedia radica en la pervivencia de graves violaciones a los
derechos humanos. Pero ello no puede significar que a cuenta de violaciones
pasadas se asuma una libertad para delinquir o que ello justifique no poner
límites y sancionar a los responsables. La sociedad tiene el deber de reconocer
que hay cuentas pendientes con el pasado, por ello considero que es crucial
encarar una catarsis nacional que nos ayude a reconstruir la memoria colectiva,
a reconocer esas cuentas, a pedir perdón por los agravios pasados y a buscar
por todos los medios formas de reconciliación, pero también tiene que ponerse
límites claros a los atentados. Sin ello, nos quedamos presos del pasado. Los
delitos cometidos por los bloqueadores no pueden quedar en la impunidad, mucho
menos debido a la gravedad de las consecuencias ocurridas. De otro modo, eso ya
significaría capitular como Estado y como sociedad.
n Lupo también se ha referido a lo que ha denominado
“Estado estratega”. Dice que “confundimos el tamaño del Estado con la fortaleza
del Estado” cuando no son lo mismo. Dice que “un Estado no es más fuerte porque
tenga más empresas, más oficinas o más funcionarios. Es más fuerte cuando
funciona, planifica, regula bien, supervisa y exige resultados. Cuando protege
los recursos públicos, brinda servicios de calidad y cuando tiene la capacidad
de pensar más allá de la coyuntura”. Suena bien.
El
drama empieza cuando observamos que no existe ningún diagnóstico más o menos
integral de la problemática nacional. ¿Cómo podría tener “la capacidad de
pensar más allá de la coyuntura” un Estado que no comprende los obstáculos
estructurales a los que debe enfrentarse y que no conoce razonablemente bien la
realidad a la que le toca enfrentarse? Tiende a convertirse en un aliado estratégico
de las fuerzas adversarias, por error, acción u omisión.
¿Qué hacer, cómo afrontar los
obstáculos estructurales?
¿Es
posible algo así? La tarea es compleja, pero nunca podremos saber cuán compleja
es si no intentamos resolverla. Tratar de delinear en un breve espacio esta
tarea es sin duda una osadía, pero sería peor limitarnos únicamente a un
diagnóstico demoledor centrado en señalar las condiciones de imposibilidad del
cambio estructural en Bolivia. Señalaré algunas líneas estratégicas que considero
imprescindible tomar en cuenta.
¿Por
dónde empezar, dónde poner el acento?
Los
obstáculos estructurales se presentan en tropa, donde cada componente resulta más
problemático que el otro. Por ello, es crucial justificar claramente por dónde empezar
para derribar a este monstruo de varias cabezas.
Es
importante señalar que existe una secuencia histórica en el surgimiento de los
obstáculos estructurales. Dicha secuencia no es casual, responde a un orden
estricto, donde los primeros obstáculos sirvieron de apoyo a los siguientes. El
hecho es que entre unos y otros se fueron estableciendo vínculos cada vez más
estrechos, al punto que las condiciones de producción y reproducción de unos y
otros se hallan al presente fuertemente anidadas en los otros. Eso significa
que es crucial tomar en cuenta los orígenes de toda esta historia de
desviaciones para identificar el punto crítico en que deben centrarse
inicialmente los esfuerzos de transformación de este estado de cosas. Sin
lograr resultados tangibles en plazos relativamente perentorios, será muy
difícil entusiasmar al país con un futuro prometedor.
El
extractivismo, como la madre de las desviaciones y la emergencia de los
obstáculos estructurales, es sin duda el primer candidato a ser objeto de toda
clase de ajustes y transformaciones. No obstante, estaríamos cortando toda
oportunidad de construir un proceso de transformaciones viable, ya que hoy por
hoy el país vive del extractivismo, entendido como el conjunto de modos
depredadores de explotación de los bienes naturales irrespetando el medio
ambiente, causando graves daños a las funciones ambientales. La tarea esencial
en este caso es prohibir toda forma de explotación que lesione el medio
ambiente. Evitar el descalabro total, debe ser la consigna. Otros aspectos
deberán ser encarados una vez se haya debilitado significativamente su función
de generación de medios y recursos al margen de toda norma y buena práctica.
Nuestro
siguiente candidato es la informalidad, ya que históricamente es el siguiente
de los grandes obstáculos que ha entrado en escena. El origen de la
informalidad radica en su ínfima productividad, situación que la ha llevado a
la necesidad de valerse de todos los medios imaginables para satisfacer sus
necesidades, incluso a usar los vínculos con depredadores y los favores del
Estado como “factores de producción”. Todo ello se debe a su vez al hecho que
una parte significativa de la población laboral nunca tuvo los medios a su
disposición para poder desarrollar actividades productivas de mayor
rendimiento. En este caso debe centrarse la atención en reducir drásticamente los
vínculos entre la informalidad y la economía delincuencial, ya que los mismos
se han constituido en formas de retroalimentación y fortalecimiento de ambos
obstáculos estructurales. A su vez, ambos obstáculos se han convertido en los
principales tributarios del proceso de desinstitucionalización nacional, por lo
que un proceso de reforma de gran calado debe apuntar a reducir y limitar su
incidencia, lo cual debe suceder en paralelo a la puesta en marcha de medidas
para fortalecer el aparato productivo y apoyar específicamente a los
informales. La confianza en la institucionalidad recién se podrá recuperar
cuando se pueda apreciar que las fuerzas que la quiebran y vulneran se hallan sometidas
a un profundo proceso de transformación.
La
economía delincuencial ha emergido a su vez en un ambiente en el que ya muchas
precondiciones habían ganado terreno, de modo que instalarse y sacar provecho de
todo ese proceso de desestructuración ya resultó una tarea relativamente más
simple. Su aporte a la consolidación de los obstáculos estructurales radica en
sus métodos que se orientan a la maximización de rentas y al uso de la
violencia. Este sector por su propio poder se ha convertido en el eje
estructurador del conjunto de obstáculos estructurales que están destruyendo el
futuro nacional. Todo intento de combatir directa y abiertamente a esta
economía se traducirá en violencia y escasos avances. Por ello, es primordial
reducir sus lazos de complementación y dependencia mutuos tanto con el
extractivismo como con el sector informal.
La
desinstitucionalización y la pérdida progresiva de soberanía ya aparecen como
consecuencia de los demás obstáculos. En este punto es primordial señalar que
existen muchos otros obstáculos estructurales en Bolivia, pero por su origen y
consecuencias están más limitados o restringidos a sus propios ámbitos. Entre
ellos cabe mencionar los casos de educación, justicia y transporte.
Estrategia centrada en la
transformación del sector informal
Requerimos
una estrategia de corto, mediano y largo plazo para desarticular los nudos que
se han establecido entre los diversos obstáculos estructurales, pero centrada
en el sector informal:
Desincentivar
las prácticas que retroalimentan a los diferentes obstáculos estructurales.
Fortalecer
al sector informal que procura el sustento familiar, pero tiene graves
limitaciones para hacerlo, razón por la que se vale de todo medio que
encuentre.
Desarrollar
una gran acción combinada entre fortalecimiento del aparato productivo local,
regional y nacional y apoyo directo a los informales. La misión radica en
mejorar significativamente la productividad en actividades alejadas del
extractivismo y los vínculos con la economía delincuencial.
Dicho
todo esto, el punto de partida está en el sector informal, debido a que:
Es
la expresión de una historia de descuido y desatención, pero especialmente por
el hecho que los informales se han convertido en los principales “consumidores”
de las desviaciones y tergiversaciones a las que han dado lugar los obstáculos
estructurales, o sea, a la desinstitucionalización y, mediante sus vínculos con
la economía delincuencial, al contrabando y a todas las formas de depredación y
saqueo de los bienes naturales.
La
informalidad está primordialmente centrada en satisfacer sus necesidades de
subsistencia y no en la acumulación desmedida de riqueza por cualquier medio.
Este hecho señalaría una mayor propensión a introducir cambios en su
comportamiento, siempre y cuando pueda acceder a condiciones propicias para hacerlo.
La
informalidad es producto de la muy exigua productividad de sus operaciones, lo
cual se debe a los limitados medios que históricamente ha tenido a su disposición,
así como a la magra estructura productiva imperante en el país. Ello significa
que, si se logran superar esas limitaciones, se le podrá restar al informal
muchas razones para mantenerse en las filas de la informalidad.
Estos
pasos requieren trasformaciones profundas:
La
primera debe consistir en reformatear el Estado de arriba a abajo para pasar de
un Estado burocrático especializado en producir trabas que no son más que
trampas para la corrupción, a un Estado proveedor de bienes y servicios
públicos y colectivos;
Estos
bienes y servicios tendrán la doble misión de contribuir a poner en valor
múltiples potenciales repartidos a lo largo y ancho del país, así como de
complementar los recursos de los informales para elevar sus rendimientos y
niveles de vida en plazos significativamente cortos;
Reconocer
que los informales por su larga experiencia y trayectoria en la tarea de
ganarse el sustento en condiciones de extrema precariedad se han constituido en
la vanguardia de los emprendedores que tiene el país. Una cosa es dar la pelea
de la vida con los brazos amarrados, otra muy distinta es contar con toda la
fuerza que tiene cada uno.
Conclusiones
Concluyamos
este recuento. Confieso que la entrevista al ministro Lupo me ha interesado mucho
más desde una perspectiva pedagógica como forma de ejemplificar lo que a estas
alturas del desgarre nacional no basta para cambiar el estado de cosas
imperante. Eso significa que me he permitido tomar el ejemplo del ministro
Lupo, sin duda un profesional respetado en múltiples esferas, para mostrar las
profundas debilidades que azotan a nuestra sociedad. Tengo el pleno
convencimiento que desconocemos nuestra realidad y que aun cuando procuramos
movilizar todas nuestras capacidades y experiencias, nos tropezamos una y otra
vez con el mismo drama: no entendemos lo que acontece en Bolivia o, peor aún,
preferimos desentendernos de todo ello.
El
problema mayor radica en limitarnos casi exclusivamente a la problemática
coyuntural y en desconocer muy ampliamente los obstáculos estructurales que nos
tienen contra las cuerdas. Tengo algunas hipótesis explicativas acerca de las
causas o razones por las que ello ocurre.
−
La primera es que nunca hemos realizado
diagnósticos profundos y exhaustivos de nuestra realidad. Datos estadísticos,
análisis de coyuntura, incluso recuentos históricos centrados en eventos de
corta duración no cubren la necesidad de sendos diagnósticos de la problemática
nacional. Nunca hemos intentado una historia de nuestras estructuras. Si bien
es cierto que nunca es posible una comprensión plena de la realidad y que
siempre habrá personas y grupos que prefieran aferrarse a sus propias verdades,
el hecho definitivo es que una sociedad incapaz de converger en un conjunto
relativamente amplio de diagnósticos no puede desarrollar un lenguaje común, lo
cual le impide o dificulta enormemente el diálogo y el consenso. Sin ello no
hay ni puede haber visiones de desarrollo promisorio ni proyectos de vida
compartidos.
− La segunda es que los cuadros o imágenes públicas
que ponen en evidencia la plena vigencia de los obstáculos estructurales los
hemos naturalizado e internalizado a tal extremo que ya nos parecen parte usual
del paisaje nacional, razón por la que ya ni nos llaman la atención. Por
ejemplo, la ciudad de El Ato se ha convertido en un gigantesco toldo que
alberga a decenas de miles de vendedores, práctica que la vemos como natural o
propia de nuestros usos y costumbres, cuando en realidad se trata de una
manifestación extrema de un obstáculo estructural que bloquea nuestro propio
progreso.
−
Una tercera hipótesis se refiere al
hecho que la corrupción se ha generalizado al extremo que se ha institucionalizado:
en unos casos se puede pagar por evitar sanciones, pero en otros hay que pagar
por fallos favorables a quien tiene la razón o para lograr resultados en plazos
razonables, etc.
− Una cuarta hipótesis se refiere a la ausencia
de un compromiso serio y profundo con la patria, con su construcción, su
defensa, engrandecimiento. Ese compromiso es muy difícil de asumir en una
sociedad escindida, incapaz de valorar y respetar a toda su población.
Sin
conocimiento adecuado de nuestra realidad, sin un diagnóstico común y
compartido, sin identificar plenamente la vigencia de los obstáculos
estructurales en todas las esferas de nuestro acontecer nacional y sin señalar
claramente la secuencia en que debemos encarar esos problemas, o sea, sin un
compromiso serio y rotundo con nuestro futuro, sin vernos como artífices o
constructores de nuestra propia patria, no podremos superar el estado de
indefensión en que nos hallamos.
Estamos
impedidos de velar por nuestro propio futuro debido a la existencia de una
coraza conformada por múltiples capas de problemas que nos resistimos a ver,
reconocer o admitir. Tenemos el presente que históricamente nos hemos fabricado
paso a paso. Es tiempo de fabricarnos el futuro que ansiamos.
---------
(*) Economista, experto en planificación territorial y gestión de riesgos, Catedrático de “Desarrollo del Capitalismo” (UMSA, 2017). La Paz
https://eldeber.com.bo/pais/jose-luis-lupo-bolivia-necesita-recuperar-confianza-confianza-probablemente-recurso-escaso_1784489167