31 mayo 2022

¿PUEDE RESURGIR LA GLOBALIZACIÓN DE SUS PROPIAS CENIZAS COMO EL AVE FÉNIX?


Carlos Rodrigo Zapata C. (*)

La reflexión que nos presenta Dani Rodrik es sin duda lúcida e incluso esperanzadora, pues no se rinde ante los resultados de la globalización, sino que más bien cree que puede resurgir de sus propias cenizas como el ave Fénix.

En el link adjunto se ha incluido el artículo original de Rodrik, así como la traducción al español del mismo. Vale la pena leerlo, pues nos muestra una nueva perspectiva y posibilidad de la globalización.



Rodrik plantea como imagen objetivo de esta nueva globalización nada menos que “permitir prosperidad inclusiva en casa y paz y seguridad en el exterior”. Da la impresión que Rodrik ve a la globalización como una suerte de panacea capaz de traer bienestar global y además paz y seguridad, unos alcances que seguramente nunca antes nos habíamos imaginado.

No obstante, aborda con pinzas esta nueva globalización utópica, ya que una de las condiciones que expone consiste en trazar líneas geopolíticas rojas que impidan que la cooperación global sea hecha trizas y que todo el castillo vuele por los aires, como está sucediendo precisamente en estos momentos, cuando Rusia al invadir a Ucrania de modo salvaje y feroz, ha destruido todo fundamento para un proceso de cooperación intensificada y multilateral con el invasor.

Poner fundamentos sólidos a las utopías no es fácil, pues imponen demandas y exigencias que tienen mucho sentido, pero que a la larga serán muy difíciles de cumplir, especialmente por parte de los actores que se alejan significativamente del promedio. Las potencias que se consideren ajenas o alejadas de ese promedio tenderán a hacer prevalecer sus propias reglas, poniendo en remojo o destruyendo las bases de la utopía. Ahora es Rusia, mañana puede ser Estados Unidos y pasado China los actores renuentes a someterse a reglas que puedan en alguna medida limitar o cuestionar el uso de toda su fuerza y capacidad. Su fuerza y poder serán siempre guía más segura para sus propias decisiones. La globalización sólo funcionará mientras los beneficios que extraigan de ella sean claramente superiores a los costos que les depara. 

Por lo que puede apreciarse, la única globalización que en adelante será posible, será aquella que satisfaga objetivos de corto a mediano plazo de conjuntos de países que temporalmente coincidan en sus trayectorias. La gran globalización como panacea de un mundo nuevo o mejor, capaz de abrir las puertas a todo esfuerzo innovador y actuar con equidad en la distribución de los beneficios, no parece tener en este tiempo muchas oportunidades de realizarse.

(*) Economista, experto en planificación territorial, catedrático de "Desarrollo del Capitalismo".


_______________


DE LAS CENIZAS DE LA HIPERGLOBALIZACIÓN PODRÍA SURGIR UNA MEJOR GLOBALIZACIÓN


May 9, 2022 DANI RODRIK

CAMBRIDGE – Hoy en día generalmente se acepta que la era de hiperglobalización posterior a la década de 1990 ha llegado a su fin. La pandemia de COVID-19 y la guerra de Rusia contra Ucrania han relegado los mercados globales a un nivel secundario y, en el mejor de los casos, a un papel de apoyo a los objetivos nacionales, en particular la sanidad pública y la seguridad nacional. Pero las conversaciones sobre la desglobalización no deberían ocultarnos la posibilidad de que, de hecho, la crisis actual puede producir una mejor globalización.

La verdad es que la hiperglobalización ya estaba en retroceso desde la crisis financiera global de 2007-2008. La parte del comercio en el PIB mundial comenzó a declinar después de 2007, cuando la proporción de las exportaciones del PIB de China cayó unos notables 16 puntos porcentuales. Las cadenas de valor globales dejaron de expandirse. Los flujos de capital internacionales nunca recuperaron sus niveles anteriores a 2007. Y en las economías avanzadas los populistas abiertamente hostiles a la globalización se volvieron mucho más influyentes.

La hiperglobalización comenzó a crujir por sus propias contradicciones. La primera fue la tensión entre las ganancias derivadas de la especialización y aquellas derivadas de la diversificación productiva. El principio de la ventaja competitiva sostenía que los países debían especializarse en lo que producían bien. Pero una larga línea de pensamiento desarrollista sugería que, en lugar de eso, los gobiernos debían estimular sus economías para producir lo que los países más ricos producían. El resultado fue un conflicto entre las políticas intervencionistas de los países más exitosos, notablemente China, y los principios “liberales” consagrados en el sistema de comercio mundial.

En segundo lugar, la hiperglobalización exacerbó los problemas de distribución en muchas economías. La otra cara inevitable de las ganancias del comercio fue la redistribución del ingreso de los perdedores a los ganadores. Y a medida que se profundizó la globalización, creció la redistribución de sus perdedores a sus ganadores cada vez más en relación con las ganancias netas. Los economistas y tecnócratas que menospreciaron la lógica central de su disciplina terminaron socavando la confianza pública en ella.

En tercer lugar, la hiperglobalización socavó la rendición responsable de cuentas (accountability, CRZC) de los funcionarios públicos ante sus electores. Los llamados a reescribir las reglas de la globalización se respondieron con la respuesta de que la globalización era inmutable e irresistible, “el equivalente económico de una fuerza de la naturaleza, como el viento o el agua”, como dijo el presidente estadounidense Bill Clinton. A quienes cuestionaron el sistema imperante, el primer ministro del Reino Unido, Tony Blair, respondió que "también podrían debatir si el otoño debería seguir al verano".

En cuarto lugar, la lógica de suma cero de la seguridad nacional y la competencia geopolítica era la antítesis de la lógica de suma positiva de la cooperación económica internacional. Con el ascenso de China como rival geopolítico de Estados Unidos y la invasión rusa de Ucrania, la competencia estratégica se ha reafirmado a sí misma por encima de la economía.

Con el colapso de la hiperglobalización, los escenarios para la economía mundial comprenden todo tipo. El peor resultado, recordando la década de 1930, sería el retorno de los países (o grupos de países) a la autarquía. Una posibilidad menos mala, pero igualmente fea, es que la supremacía de la geopolítica signifique que las guerras comerciales y las sanciones económicas se conviertan en una característica permanente del comercio y las finanzas internacionales. El primer escenario parece poco probable: la economía mundial es más interdependiente que nunca y los costos económicos serían enormes, pero ciertamente no podemos descartar el segundo.

Sin embargo, también es posible vislumbrar un buen escenario en el que logremos un mejor equilibrio entre las prerrogativas del Estado-nación y los requisitos de una economía abierta. Tal reequilibrio podría permitir prosperidad inclusiva en casa y paz y seguridad en el exterior.  

El primer paso es que los formuladores de políticas reparen el daño causado a las economías y sociedades por la hiperglobalización, junto con otras políticas de ‘primero el mercado’. Esto requerirá revivir el espíritu de la era de Bretton Woods, cuando la economía mundial servía a los objetivos económicos y sociales nacionales (pleno empleo, prosperidad y equidad) y no al revés. Bajo la hiperglobalización, los políticos invirtieron esta lógica, con la economía global convirtiéndose en el fin y la sociedad nacional en el medio. La integración internacional condujo entonces a la desintegración interna. Algunos podrían preocuparse de que enfatizar los objetivos económicos y sociales domésticos socavaría la apertura económica. En realidad, la prosperidad compartida hace que las sociedades sean más seguras y más propensas a fomentar la apertura al mundo. Una lección clave de la teoría económica es que el comercio beneficia a un país en su conjunto, pero sólo mientras se aborden las preocupaciones distributivas. A los países bien administrados y bien ordenados les interesa estar abiertos. Esta es también la lección de la experiencia real bajo el sistema de Bretton Woods, cuando el comercio y la inversión a largo plazo aumentaron significativamente.

Un segundo requisito previo importante para el buen escenario es que los países no conviertan una búsqueda legítima de seguridad nacional en una agresión contra otros. Rusia puede haber tenido preocupaciones razonables sobre la ampliación de la OTAN, pero su guerra en Ucrania es una respuesta completamente desproporcionada que probablemente dejará a Rusia menos segura y menos próspera a largo plazo.

Para las grandes potencias, y EE. UU. en particular, esto significa reconocer la multipolaridad y abandonar la búsqueda de la supremacía mundial. Estados Unidos tiende a considerar el predominio estadounidense en los asuntos globales como el estado natural de las cosas. Desde este punto de vista, los avances económicos y tecnológicos de China son inherente y evidentemente una amenaza, y la relación bilateral se reduce a un juego de suma cero.

Dejando de lado la cuestión de si EE. UU. puede realmente evitar el ascenso relativo de China, esta mentalidad es peligrosa e improductiva. Por un lado, exacerba el dilema de la seguridad: es probable que las políticas estadounidenses diseñadas para socavar a las empresas chinas como Huawei hagan que China se sienta amenazada y responda de manera que validen los temores de Estados Unidos al expansionismo chino. Una perspectiva de suma cero también hace que sea más difícil cosechar los beneficios mutuos de la cooperación en áreas como el cambio climático y la salud pública mundial, al tiempo que reconoce que necesariamente habrá competencia en muchos otros dominios.

En resumen, nuestro mundo futuro no tiene por qué ser uno en el que la geopolítica triunfe sobre todo lo demás y los países (o bloques regionales) minimicen sus interacciones económicas entre sí. Si ese escenario distópico se materializa, no será debido a fuerzas sistémicas fuera de nuestro control. Al igual que con la hiperglobalización, será porque tomamos las decisiones equivocadas.

 

DANI RODRIK

Dani Rodrik, profesor de Economía Política Internacional en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard, es presidente de la Asociación Económica Internacional y autor de Straight Talk on Trade: Ideas for a Sane World Economy (Princeton University Press, 2017).

[Traducción: C R Zapata]


____________________

A Better Globalization Might Rise from Hyper-Globalization’s Ashes

 May 9, 2022DANI RODRIK

Tomado de: Project Syndicate

With the end of post-1990s hyper-globalization, scenarios for the world economy run the gamut. In the best case, achieving a better balance between the prerogatives of the nation-state and the requirements of an open economy might enable inclusive prosperity at home and peace and security abroad.

CAMBRIDGE – The post-1990s era of hyper-globalization is now commonly acknowledged to have come to an end. The COVID-19 pandemic and Russia’s war against Ukraine have relegated global markets to a secondary and at best supporting role behind national objectives – in particular, public health and national security. But all the talk about deglobalization should not blind us to the possibility that the current crisis may in fact produce a better globalization.

In truth, hyper-globalization had been in retreat since the global financial crisis of 2007-08. The share of trade in world GDP began to decline after 2007, as China’s export-to-GDP ratio plummeted by a remarkable 16 percentage points. Global value chains stopped spreading. International capital flows never recovered to their pre-2007 heights. And populist politicians openly hostile to globalization became much more influential in the advanced economies.

Hyper-globalization crumbled under its many contradictions. First, there was a tension between the gains from specialization and the gains from productive diversification. The principle of comparative advantage held that countries should specialize in what they were currently good at producing. But a long line of developmental thinking suggested that governments should instead push national economies to produce what richer countries did. The result was the conflict between the interventionist policies of the most successful economies, notably China, and the “liberal” principles enshrined in the world trading system.

Second, hyper-globalization exacerbated distributional problems in many economies. The inevitable flip side of the gains from trade was the redistribution of income from its losers to its winners. And as globalization deepened, redistribution from losers to winners grew ever larger relative to the net gains. Economists and technocrats who pooh-poohed the central logic of their discipline ended up undermining public confidence in it.

Third, hyper-globalization undermined the accountability of public officials to their electorates. Calls to rewrite globalization’s rules were met with the retort that globalization was immutable and irresistible – “the economic equivalent of a force of nature, like wind or water,” as US President Bill Clinton put it. To those who questioned the prevailing system, UK Prime Minister Tony Blair responded that, “You might as well debate whether autumn should follow summer.”

Fourth, the zero-sum logic of national security and geopolitical competition was antithetical to the positive-sum logic of international economic cooperation. With China’s rise as a geopolitical rival to the United States, and Russia’s invasion of Ukraine, strategic competition has reasserted itself over economics.

With hyper-globalization having collapsed, scenarios for the world economy run the gamut. The worst outcome, recalling the 1930s, would be withdrawal by countries (or groups of countries) into autarky. A less bad, but still ugly, possibility is that the supremacy of geopolitics means that trade wars and economic sanctions become a permanent feature of international trade and finance. The first scenario seems unlikely – the world economy is more interdependent than ever, and the economic costs would be huge – but we certainly cannot rule out the second.

Yet, it is also possible to envisage a good scenario whereby we achieve a better balance between the prerogatives of the nation-state and the requirements of an open economy. Such a rebalancing might enable inclusive prosperity at home and peace and security abroad.

The first step is for policymakers to mend the damage done to economies and societies by hyper-globalization, along with other market-first policies. This will require reviving the spirit of the Bretton Woods era, when the global economy served domestic economic and social goals – full employment, prosperity, and equity – rather than the other way around. Under hyper-globalization, policymakers inverted this logic, with the global economy becoming the end and domestic society the means. International integration then led to domestic disintegration.

Some might worry that emphasizing domestic economic and social objectives would undermine economic openness. In reality, shared prosperity makes societies more secure and more likely to countenance openness to the world. A key lesson of economic theory is that trade benefits a country as a whole, but only as long as distributive concerns are addressed. It is in the self-interest of well-managed, well-ordered countries to be open. This is also the lesson of actual experience under the Bretton Woods system, when trade and long-term investment increased significantly.

A second important prerequisite for the good scenario is that countries do not turn a legitimate quest for national security into aggression against others. Russia may have had reasonable concerns about NATO enlargement, but its war in Ukraine is a completely disproportionate response that will likely leave Russia less secure and less prosperous in the long run.

For great powers, and the US in particular, this means acknowledging multipolarity and abandoning the quest for global supremacy. The US tends to regard American predominance in global affairs as the natural state of affairs. In this view, China’s economic and technological advances are inherently and self-evidently a threat, and the bilateral relationship is reduced to a zero-sum game.

Leaving aside the question of whether the US can actually prevent China’s relative rise, this mindset is both dangerous and unproductive. For one thing, it exacerbates the security dilemma: American policies designed to undermine Chinese firms such as Huawei are likely to make China feel threatened and respond in ways that validate US fears of Chinese expansionism. A zero-sum outlook also makes it more difficult to reap the mutual gains from cooperation in areas such as climate change and global public health, while acknowledging that there will necessarily be competition in many other domains.

In short, our future world need not be one where geopolitics trumps everything else and countries (or regional blocs) minimize their economic interactions with one another. If that dystopian scenario does materialize, it will not be due to systemic forces outside our control. As with hyper-globalization, it will be because we made the wrong choices.

DANI RODRIK


Dani Rodrik, Professor of International Political Economy at Harvard University’s John F. Kennedy School of Government, is President of the International Economic Association and the author of Straight Talk on Trade: Ideas for a Sane World Economy (Princeton University Press, 2017).




05 mayo 2022

LA GUERRA DE UCRANIA, UN TENDAL DE MUERTOS Y VERDADES CONSTRUIDAS

 

El mundo observa cada vez más atemorizado lo que acontece en Ucrania, en ese territorio emplazado entre Rusia y Europa. Sin duda, la brutalidad con la que el régimen ruso encabezado por Vladimir Putin ha demostrado una vez más que el ser humano aún no cuenta con una cultura de la paz, ni una civilización orientada a la paz, nos interpela a todos y nos muestra que aún estamos lejos de la imagen de seres de bien y de paz que pretendemos ser.

Una dimensión extremadamente preocupante de ese escenario de falta de esa cultura de paz es la de los relatos construidos, las argumentaciones forzadas que por fuerza dejan sin considerar elementos cruciales de la situación imperante, todo en aras de emplazar la propia versión como la más precisa para explicar lo que acontece.

El artículo de Oskar Lafontaine, ex candidato a Canciller de Alemania, es un ejemplo de este extremo.

En estas notas presento el artículo original de Lafontaine, su traducción al español y mi propio comentario. Considero que es crucial que las partes que procuran contribuir a esbozar los escenarios de la paz futura y que se hallan a muchos kilómetros de donde suceden las matanzas despiadadas de ucranianos, traten de oírse mutuamente, dejen la arrogancia de discursos y relatos construidos para toda ocasión y se centren en lo que acontece, sin pretender hilar todo tan fino que ya sea imposible entenderse entre todos.

Considero que Lafontaine es un brillante político, con una larga trayectoria en la política y gestión pública alemanas, pero también creo que una visión ya largamente instalada sobre los actores en disputa le impide desarrollar una visión mucho más objetiva y apta para proponer elementos fundamentales para hacer posible la paz ya, porque mañana puede ser demasiado tarde.

En lugar de tantas explicaciones acerca de las razones de actuación de unos y otros, es crucial ver la atroz tragedia que acontece en Ucrania y las posibilidades y condiciones para la paz. Eso requiere la humanidad con suma urgencia.

C R Zapata


 --------------------------------------


ESTADOS UNIDOS EMPUJA A EUROPA A UNA GUERRA NUCLEAR

El canciller Olaf Scholz en el dominio absoluto de los jugadores de Washington: una paz negociada con Moscú se vuelve cada vez más urgente.

Oskar Lafontaine (*)

En realidad, la guerra de Ucrania se trata de una disputa entre Estados Unidos y Rusia. En su libro The Only World Power, publicado en 1997, Zbigniew Brzezinski, ex asesor de seguridad del presidente estadounidense Jimmy Carter, elogió el incomparable aparato militar estadounidense como el único con un radio de acción global. Por supuesto, Rusia y China no estarían de acuerdo con la hegemonía estadounidense. Por lo tanto, EE. UU. debe hacer todo lo posible para evitar que surja un retador euroasiático para apoderarse del continente euroasiático. Ucrania es el pivote geopolítico (o sea, el punto de apoyo, giro y pesca) en la consecución de este objetivo. Sin Ucrania, Rusia ya no sería un imperio euroasiático. Sin embargo, si Moscú recuperara el dominio sobre Ucrania con sus importantes riquezas naturales y acceso al Mar Negro, Rusia automáticamente obtendría los medios para convertirse en un poderoso imperio que se extendería por Europa y Asia. Si se complementan estas reflexiones con el mensaje clave de una conferencia pronunciada por el responsable de Stratfor, George Friedman, el 3 de febrero de 2015 en Chicago, según el cual el principal objetivo de la política estadounidense durante siglos ha sido lograr que no haya cooperación entre Rusia y Alemania, entonces se sabe cuál era el objetivo de la expansión de la OTAN hacia el este.

Miles de millones para un títere

También se puede entender por qué la subsecretaria de Estado de EE. UU., Victoria Nuland, admitió francamente hace años que EE. UU. había gastado cinco mil millones de dólares para instalar un gobierno títere en Kiev de su agrado. Entonces también queda claro por qué Washington ha estado haciendo todo lo posible durante años para evitar la entrega de carbón, petróleo y gas de Rusia a Europa. En este contexto, también es más que plausible que el reconocido economista estadounidense Jeffrey Sachs advierta que la estrategia estadounidense apunta a una larga guerra en Ucrania con miles de muertos. Recomienda a Europa que siga su propio camino y hable de una Ucrania neutral con autonomía para el Donbass como solución negociada. Es asombroso hasta qué punto los políticos y periodistas en Europa, especialmente en Alemania, no reconocen estas conexiones geoestratégicas y siguen ciegamente la estrategia extremadamente peligrosa de EE. UU. de calentar aún más la guerra de Ucrania. Extremadamente peligrosa porque los EE. UU. evidentemente no quieren seguir el consejo de su ex presidente John F. Kennedy, según el cual una potencia nuclear nunca debe ser puesta en una situación en la que ya no encuentre una salida para salvar las apariencias.

Es una gran desventaja que Alemania esté ahora a cargo de un gobierno en el que los principales políticos tienen poca experiencia política externa. A ello se agrega que el mayor partido de la oposición, la CDU, está dirigido por el ex cabildero de Blackrock Friedrich Merz, cuyo antiguo empleador se gana bien la vida con el aumento de los precios de las acciones de las empresas de armamento. Al SPD le faltan políticos entendidos en distensión que, como Brandt o Bahr, todavía sabían que la seguridad en Alemania y Europa sólo puede lograrse junto con el poder nuclear Rusia. En el FDP tampoco hay un solo político de la talla de Hans-Dietrich Genscher, quien como ministro de Asuntos Exteriores siempre estuvo atento al peligro de una guerra nuclear limitada a Europa. Incluso Guido Westerwelle tuvo el coraje de tratar con frialdad a Estados Unidos cuando atacó a Libia. ¿A qué político del FDP se le confiaría todo eso hoy?

El lenguaje fascista de Baerbock

Los vasallos estadounidenses más consistentes y peligrosos en el gobierno federal y en el Bundestag alemán son los Verdes, cuyo ex líder Joschka Fischer, junto con su posterior contraparte de negocios Madeleine Albright, impulsaron la participación de Alemania en la guerra ilegal según el derecho internacional en Yugoslavia. Se pensaba que las cosas no podían empeorar, pero la nueva ministra de Asuntos Exteriores, Annalena Baerbock, utiliza un lenguaje fascista y quiere "arruinar" a Rusia. Según su propio anuncio, ella se apoya en los hombros de la recientemente fallecida Madeleine Albright, quien justificó la muerte de 500.000 niños iraquíes a manos de las sanciones estadounidenses.

Imagínese el griterío de Los Verdes si el ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Lavrov, justificara la muerte de 500.000 niños ucranianos con el argumento que sea. En esta situación intrincada, no es suficiente que Olaf Scholz retrase las entregas de armas.

El aumento de los envíos de armas es el mantra de la administración Biden, que quiere debilitar a Rusia a toda costa, independientemente de las muertes que resulten de los envíos continuos de armas.

¿Alguien cree seriamente que la poder nuclear Rusia puede permitirse perder la guerra de Ucrania en la actual situación política mundial? Se den cuenta o no, los fanáticos proveedores de armas del Bundestag serán en parte responsables del aumento diario de muertes. ¿Cuánto se supone que durará la guerra? ¿Tanto como la guerra en Afganistán? ¿Por qué la política alemana no está aprendiendo de los fracasos de las guerras de intervención lideradas por Estados Unidos en las que participó la Bundeswehr? Habría una posibilidad, aunque pequeña, si el reelegido presidente francés Emmanuel Macron y el canciller alemán Olaf Scholz, como lo hicieron una vez François Hollande y Angela Merkel, frustran a los impulsores de la guerra estadounidenses y propugnan una solución sobre la base de las propuestas preferidas por Volodymyr Zelenskyy - la neutralidad de Ucrania y la autonomía de Donbass.

El presidente ucraniano no será en todo ello un socio confiable porque los EE. UU. y los extremistas de derecha en Ucrania lo presionan constantemente. La rivalidad entre las potencias mundiales EE. UU., Rusia y China obliga a Europa a hacer todo para evitar verse envuelta en un conflicto nuclear entre estas grandes potencias.

Charles de Gaulle había reconocido este peligro para Francia y, por lo tanto, rechazó la integración de las fuerzas armadas francesas en la OTAN dirigida por Estados Unidos porque no quería confiar en la disposición de los EE. UU. a utilizar sus fuerzas nucleares en caso de conflicto con la Unión Soviética, incluso cuando Moscú amenazó con lanzar un contraataque en las principales ciudades de los EE. UU.

Así que insistió en que Francia construyera su propia fuerza nuclear. “Los estados no tienen amigos, sólo intereses” era su máxima, y ​​cuando se trataba de vida o muerte, es decir, la guerra, estaba convencido de que la decisión no podía dejarse en manos de otros.

Paz estable gracias a la distensión

Al igual que De Gaulle, el canciller Willy Brandt también sabía que sólo impondría su política de paz y distensión sólo contra las oposiciones de Washington. Convencido de que esta era la única manera de asegurar la paz en Europa, implementó su Ostpolitik paso a paso. Estados Unidos estaba muy enojado, como lo demuestra la llamada telefónica de Henry Kissinger a Richard Nixon, en la que Kissinger le deseaba abiertamente cáncer de cuello a Willy Brandt.

Una discusión aventurera está teniendo lugar actualmente en Alemania.

La política de distensión, el intento de una buena cooperación con Rusia, sería la razón de la evolución actual. Pocas veces la verdad se ha puesto patas arriba de esta manera. Nunca antes ha sido tan claro hasta qué punto la propaganda estadounidense determina los medios y el debate político en Alemania. La verdad es otra. La política de distensión comenzó a mediados de la década de 1960, lo que condujo a una paz estable en Europa y provocó la caída del Muro de Berlín y la retirada de las tropas soviéticas de Alemania y Europa del Este. En la década de 1990, comenzó la política de confrontación con la expansión de la OTAN hacia el este y el creciente cerco de Rusia. Condujo a la guerra en Yugoslavia, ilegal según el derecho internacional, y a la invasión de Ucrania por tropas rusas, también ilegal según el derecho internacional. Si no es posible llegar pronto a una paz negociada, el peligro de una guerra nuclear aumentará porque los responsables en Moscú están contra la pared y los apostadores en Washington creen desde hace años que una guerra nuclear podría limitarse a Europa.

(*) Oskar Lafontaine fue presidente del SPD y ministro de Finanzas de la República Federal de Alemania. 

(Traducción: CR Zapata, del original en alemán)


--------------------------------------

Amerika treibt Europa in einen Atomkrieg

Kanzler Olaf Scholz im Würgegriff der Hasardeure von Washington: Ein Verhandlungsfrieden mit Moskau wird immer dringlicher.

Oskar Lafontaine 

WEW_17_022_SCHOLZ.pdf (nachdenkseiten.de




-------------------------------------


Amerika treibt Europa in einen Atomkrieg

¿ESTARÍA EMPUJANDO ESTADOS UNIDOS A EUROPA HACIA UNA GUERRA NUCLEAR?


Carlos Rodrigo Zapata C. (*)

Preocupante artículo de Oskar Lafontaine, en parte porque tiene razón en algunos de sus argumentos y en parte porque simplifica o no toma en cuenta otros argumentos.

¿En qué tiene razón? Lo formulo así: no existe justificación suficiente en la entrega de armas a Ucrania si ello no viene acompañado de una clara propuesta de cese al fuego y paz inmediatas. Que se sepa, los países de la OTAN no tienen una propuesta semejante, clara y precisa, para ejecutar mañana, si Putin, el agresor con rasgos genocidas, estuviera dispuesto a negociar.

También tiene razón en eso que no se puede llevar a una potencia a un callejón sin salida en que no pueda salvar las apariencias porque ello puede desatar millones de demonios. Y el tal Putin y su marioneta, Lavrov, lo han dicho antes de la invasión y lo están repitiendo: Occidente, no juegues con fuego porque te puedes quemar.

Más allá de estos dos elementos que no es posible pasar por alto, también hay que señalar que Lafontaine presenta todo en blanco y negro, con una gran furia maniqueísta y dicotómica. Opone la política de distención de Brand y Bahr a la política de confrontación post caída de la cortina de hierro. Cita a unos halcones norteamericanos que siempre procuraron asegurar y garantizar el predominio norteamericano en el mundo, como si fueran los consejeros o incluso los tomadores de decisiones actuales, creando de este modo un ambiente de tremenda agresión. Esa no es manera alguna de evaluar el estado actual de las cosas.

Considera que la ampliación de la OTAN ha respondido religiosamente a un plan premeditado para cercar a Rusia y cerrarle toda posibilidad de recuperar su cualidad europea, o sea, que se apodere de Ucrania. Una reflexión muy construida, muy artificial. Todo responde a múltiples maquinaciones del pasado, nada es producto de respuestas actuales o incluso espontáneas.

Tampoco hace referencia a la Pax Atomica, como si Rusia pudiera libremente blandir su arsenal nuclear, chantajear al mundo con él y creer que podría quedar exento de una respuesta nuclear en caso que tuviera el atrevimiento de usar armas atómicas. Lo mínimo que cabía en este punto es que Lafontaine hable del exterminio súbito y simultáneo de las potencias nucleares que se atrevan a entrar en ese nivel de conflicto. Pero ni una palabra.

Dicho de otro modo: nada se come tan caliente como se lo sirve. Tampoco el menú que nos sirve Lafontaine. Lo que no nos dice es que él le atribuye a Rusia la potestad de disponer de Ucrania a su antojo y que la ampliación de la OTAN ha respondido también a los deseos urgentes de países tiranizados durante décadas por el poder soviético. Bastaría con tomar en cuenta lo acontecido con Alemania del Este para comprenderlo y poder ponerse en los zapatos de los vecinos de Rusia. Pero no, para Lafontaine todo responde y obedece sólo a las artimañas yanquis para impedir el crecimiento de Rusia y evitar que se convierta en un nuevo imperio euroasiático. ¡Qué derecho podría asistirles a los gringos de oponerse a la expansión de este nuevo imperio!

En síntesis, Rusia no tiene potestades especiales, ni las puede exigir. Occidente tampoco actúa únicamente al calor de sus estrategias de contención geopolíticas. También hay esos otros actores que sufrieron inmensamente durante la ocupación soviética y no quieren saber de volver a pasar por algo similar. Por tanto, requieren contar con el apoyo de una alianza colectiva que los proteja y respalde frente a su peligroso y criminoso vecino, como ha salido a relucir nuevamente de modo sangriento y brutal.

En este marco también hay que agregar que la solución que plantea Lafontaine, siguiendo las propuestas de Selensky, se queda corta, pues la parte de la solución de Selensky que no cita Lafontaine es la de las garantías de seguridad que pide Ucrania para evitar que se repita semejante agresión. En este punto Lafontaine otra vez se queda atrás, no cierra el círculo de lo que acontece y de la posible solución a semejante embrollo.

En conclusión, oponerse al envío de armas a Ucrania es dejar las puertas abiertas de par en par para que Rusia se sienta con el derecho de invadir países a su antojo y amenazar al mundo con una guerra nuclear. Tampoco se puede apostar únicamente a armar a Ucrania con la idea de vencer y derrotar a Rusia. Esa es otra salvajada. Sólo queda hablar claro y plantear una propuesta para acordar la paz inmediata como condición y requisito para suspender el envío de armas y suspender incluso las sanciones, aunque esto último sujeto a los costos de reparación que debe asumir Rusia en su integridad.

Una prospectiva de paz mal negociada es el vehículo más certero para prolongar la guerra y los sufrimientos del pueblo ucraniano en particular. Hay que acabar con la hipocresía, las medias verdades, las post verdades y las dicotomías. Siembran más mal del que se pretende evitar.


(*) Economista, experto en planificación territorial, catedrático de "Desarrollo del Capitalismo".





29 abril 2022

BOLIVIA: “PROCESO DE CAMBIO”, UN EUFEMISMO ‘ATRAPA TODO’ PARA LA TOMA DEL ESTADO Y EL PAÍS


Carlos Rodrigo Zapata C. (*)

Luego de años de andar escuchando la idea fuerza del “proceso de cambio” y de ver que nada cambia, aunque muchas cosas cambian, debemos decir que se trata de una expresión ‘atrapa todo’, una locución que busca captar todo sin precisar nada.

Si vemos la situación económica del país, está claro que Bolivia se está hundiendo a velocidad vertiginosa, porque la estructura económica heredada no sólo no cambia, sino que sus vacíos e insuficiencias, que sería largo enumerar, se han acentuado peligrosamente. El extractivismo ha llegado a todos los extremos más inimaginables, donde no se perdona la salud de la población, el medio ambiente, las áreas protegidas ni los saldos y restos del ausente Estado de derecho y del inexistente Estado de los bienes públicos. La explotación de oro en todos los ríos importantes del norte del país y la tala ilegal de madera son sus actividades favoritas. Lo mismo sucede con el narcotráfico que ha contado con el apoyo y fomento desde el Estado, tanto por acción como por omisión, siendo esta última posiblemente la más funesta y perniciosa, porque permite involucrar a funcionarios y responsables del aparato estatal sin que tengan que asumir un compromiso directo con el narcotráfico y sin que puedan ser contundentemente imputados, juzgados y sentenciados. A estos dos pilares -extractivismo y narcotráfico- se suman muchos otros e incluyen el contrabando, el avasallamiento de tierras, la proliferación de loteadores, la trata de personas y un largo etcétera. ¿“Proceso de cambio”? Sería bueno que alguna vez algún dirigente, militante o funcionario del MAS se atreva a señalar a qué se refieren con esa expresión y en qué grado o medida lograron alcanzar lo que pretendían.


En materia socio-cultural seguimos a la búsqueda de algún sentido. Muy al inicio de las gestiones masistas de nuestro Estado se habló de la “reserva moral”, dando a entender que tener el Estado nacional en manos de esta fuerza política sería una garantía de respeto y seriedad, ya que los diversos pueblos indígenas participantes en todo este proceso serían una suerte de garantía que las cosas discurrirían por los mejores rieles que cabe imaginar. Nada de eso hemos podido advertir en estos ya largos e interminables años de gestión y espera. La corrupción, el atropello, el completo deterioro de los saldos de justicia que aún podían percibirse, la manipulación, el engaño, la falacia y la impostura son los elementos más visibles de este “proceso de cambio”. La democracia ha sido sistemáticamente degradada a un rito que sólo se cumple para no aparecer como despotismo, autoritarismo, autocracia o la variedad de verticalismo que se quiera. Si nos referimos a los elementos que legitiman a todo proceso democrático, estos han sido barridos, eliminados de la atención púbica y mucho más de la práctica de los gobernantes, mejor digo, de los detentores del poder público. Diálogo, consenso, crítica y autocrítica, independencia de poderes, respeto al voto soberano, son prácticas que han sido archivadas y sepultadas. Nuevamente, ¿”proceso de cambio”? No se lo ve o no se lo entiende ni por asomo, excepto que se quiera decir que significa destrucción, liquidación de lo habido y todo ello sin reemplazo ni restitución por alguna forma de proceder que signifique una superación de lo habido.

Otros ámbitos en los que también se ha observado “cambios” están relacionados estrechamente con el aparato del Estado. El crecimiento del empleo público ha llegado a niveles jamás vistos. Se requiere prácticamente toda la recaudación de impuestos para sostener este nivel de empleo, dejando en manos de un funcionariado público muy poco experto la provisión de servicios públicos de muy cuestionable calidad.




El modelo aplicado en Bolivia se basa en unas ideas que están muy lejos de corresponder a una economía con las características de la nuestra. Pensar que el crecimiento económico puede alentarse por la vía del consumo y la demanda internas puede ser una buena idea para países con gran población y un nivel de desarrollo significativo de sus fuerzas productivas. Bolivia está muy lejos de esas condiciones, ya que nuestro aparato productivo es completamente dependiente de las importaciones que además requiere del sector informal proporcionalmente más grande del mundo, con más del 80% de la fuerza laboral “empleada” en dicho sector. Existe una relación íntima entre importaciones e informalidad. Es la manera en que los propietarios de los medios de producción del país pueden desentenderse de crear puestos de trabajo suficientes, por lo que los informales no tienen otra que vivir “a salto de mata” , inventándose constantemente nuevas formas de subsistencia. Sin las importaciones esa acrobacia sería imposible.

El resultado de todo lo señalado es que los déficits fiscales han crecido continuamente, la deuda pública interna y externa ya supera el 80% del PIB, las reservas internacionales caen y, en medio de todo este desmadre, los capitales negros provenientes de la depredación ambiental y del narcotráfico se van comprando Bolivia, porque éstas son las únicas fuentes de “inversión extranjera directa” realmente existentes y operantes en nuestro país.

Nuevamente, ¿dónde está el “proceso de cambio”, en qué consiste? ¿En todo lo señalado? ¿Ese es el “proceso de cambio” masista? ¿Liquidar todos los fundamentos que puedan hacer posible un desarrollo continuo, con inclusión social y sostenibilidad ambiental?

Lamentablemente eso es lo que hay y lo que se puede ver y anotar, no hay forma ni manera de extractar de lo acontecido en estos casi eternos 17 años de omnipresencia masista otro resultado. Incluso si valoráramos positivamente los nuevos contratos con las petroleras y para satisfacción de la hinchada masista los llamáramos nacionalización de los hidrocarburos, sin comillas, podemos advertir que todo eso se fundió en el camino y se lo llevo el viento y no nos dejó más que frustración, decepción y engaño. ¿Por qué? Porque mataron a la gallina de los huevos de oro y además dilapidaron la plata que más tardó en entrar que en salir, ya que no se logró transformar ningún rincón de nuestras vetustas y carcomidas estructuras socioeconómicas y productivas. De modo que la discusión, si los nuevos contratos significaron nacionalización o no, está fuera de lugar, no tiene ningún sentido ni relevancia a estas alturas. A nombre del “proceso de cambio” se despilfarró el mayor ingreso en divisas de toda nuestra historia.

El único resultado que puede advertirse es que los adherentes del masismo se apoderaron del aparato del Estado y lo manejan a su regalado antojo. Normas, leyes, procedimientos quedaron fuera de lugar, todo es “meterle nomás”, usando cada quien como mejor le cante el poder aplastante de su sello y su escritorio. Que el MAS se haya permitido decir en sus estatutos (oleados y sacramentados por el TSE) que sólo los militantes inscritos pueden ser funcionarios públicos, es uno de los pocos reconocimientos de la desfachatez y descaro con que manejan el aparato público que debe responder a todos los bolivianos, pero eso al masismo le vale un pepino.

En síntesis, el proceso de cambio -esta vez sin comillas- real y verdadero que podemos advertir es la destrucción de los pálidos fundamentos que tenía esta nación para construir su futuro, lo cuál es decir mucho y a la vez decir poco, ya que lo que se había logrado era realmente muy poco, pero para un país tan heterogéneo en todas sus esferas y dimensiones, tan poco apegado a normas y valores, tan irreverente con todo lo que no le calza, era una siembra respetable que podía haber fructificado en la construcción de una trama amplia de valores, guías y principios que nos permita encarar el futuro con mucho más certidumbre y optimismo. Todo eso ha sido sepultado por el masismo sin haber logrado cristalizar ninguna propuesta, visión o enfoque que tenga la traza de interesante o promisoria. La mayor víctima de todo este proceso de destrucción destructivo fue la precaria institucionalidad del país, lo que hoy se está traduciendo en una anomia y parálisis total en múltiples órganos del tejido social boliviano, abriendo de par en par el país a las más diversas formas de destrucción, avasallamiento y desquiciamiento de los bienes naturales y la soberanía nacional. La historia del mar y del Silala son muestras palpables de dicho desquiciamiento.

Bolivia siempre ha vivido en la encrucijada de su heterogeneidad social, estructural, étnico-cultural, geográfica, razón por la que siempre nos ha sido extremadamente difícil conciliar nuestros desencuentros y desavenencias. Lo que viene aconteciendo con el “proceso de cambio” y el masismo podemos decir que es la culminación (¿será?) de nuestros desencuentros, producto de nuestra avasalladora diversidad y heterogeneidad en todos los ámbitos. Peor imposible, podríamos resumir. Si no se logra detener este carromato desbocado está garantizado que será peor, mucho peor, simplemente porque Bolivia no ha logrado construir un derrotero, es decir, un norte, una visión edificadora, capaz de proponernos y ofrecernos un devenir promisorio para todos.

Bolivia está en los descuentos, en la cuenta regresiva que ya va llegando a cero o próxima al nocaut. ‘Ahora es cuando’, eslogan repetido hasta el cansancio por quienes protestan por mil razones, porque mañana se habrá cerrado esa última oportunidad para siempre.

___________________________

(*) Economista, experto en planificación territorial, catedrático de "Desarrollo del Capitalismo".

 

20 marzo 2022

“COMISIÓN POR OMISIÓN”, FORMA PERVERSA DE SOCAVAR EL FUTURO DE UNA SOCIEDAD


Carlos Rodrigo Zapata C. (1)

Entendemos por omisión usualmente la no ejecución de una acción esperada, lo que puede ser producto del descuido o la flojera, aunque también puede serlo de la premeditación, incluso la más artera que es posible imaginar. Por lo general se ve la omisión como falta de atención o de prolijidad en el propio desempeño, por lo que suele pasar como pecado venial que a lo sumo importaría una reprimenda, y asunto zanjado. 


Los tratadistas de asuntos de derecho han visto que la omisión puede ir mucho más allá y hallarse en el campo de los atentados más aviesos e incalificables, al punto que llegan a equiparar la omisión con la acción deliberada destinada a producir determinados actos y diversos hechos concomitantes, exactamente del mismo modo que si se hubiera actuado expresamente para producir dichos actos y hechos. A esa variante de la omisión la denominan “comisión por omisión”, donde “comisión” procede del verbo cometer.

Uno diría a priori que no es imaginable tratar una omisión, es decir, un dejar de hacer, un descuido o distracción como un acto destinado a causar daños y perjuicios, a provocar violencia y destrucción. La finalidad de las siguientes reflexiones apunta justamente a mostrar la forma y la manera en que la omisión puede constituirse en un acto criminal, en un atentado contra la sociedad, por lo que no puede eximirse al omiso u omitente de responsabilidad bajo ningún concepto.

¿QUÉ ES LA OMISIÓN EN EL MARCO DEL DERECHO?

La Real Academia de la Lengua (RAE) define la omisión como “Abstención de hacer o decir, falta por haber dejado de hacer algo necesario o conveniente en la ejecución de una cosa o por no haberla ejecutado, y flojedad o descuido de quien está encargado de un asunto”.

Esta primera aproximación ya remite la omisión al ámbito de las faltas, pero como decíamos, puede tratarse de un pecado venial. De modo que la RAE no nos da una idea clara de la gravedad extrema a la que puede llegar este tipo de comportamiento. Sigamos.

En cambio, en el ámbito del derecho, ya se muestra la gama de alcances que puede tener: “La omisión, en derecho, es una conducta que consiste en la abstención de una actuación que constituye un deber legal. Cumpliéndose los requisitos legales, la omisión puede constituir un delito, cuasidelito o una falta”. (2)

En el caso más específico de la “comisión por omisión” se observa que ha sido incluida en diversos códigos penales del mundo. Por ejemplo, en el artículo 11 del Código penal español se dice que: “Los delitos que consistan en la producción de un resultado sólo se entenderán cometidos por omisión cuando la no evitación del mismo, al infringir un especial deber jurídico del autor, equivalga, según el sentido del texto de la Ley, a su causación. A tal efecto se equiparará la omisión a la acción: (a) cuando exista una específica obligación legal o contractual de actuar. (b) cuando el omitente haya creado una ocasión de riesgo para el bien jurídicamente protegido mediante una acción u omisión precedente". (3)

Los tratadistas han considerado que para calificar una omisión como impropia o de “comisión por omisión”, se requiere cumplir con determinados requisitos específicos, como los mencionados por el código penal español. En el caso del derecho mexicano se considera que “las únicas actividades o inactividades que legitiman la intervención legislativa penal… son aquellas que poseen la propiedad de antisocialidad” y considera que “son antisociales las actividades o inactividades que intencionalmente o por descuido se traducen en una afectación innecesaria a los bienes, individuales o colectivos, de índole social objetiva que son imprescindibles para hacer soportable la convivencia social o preservar la subsistencia misma de la sociedad”.

El consenso general entre juristas y especialistas en derecho ha concluido que deben darse necesariamente dos condiciones para calificar la omisión como acción dañina deliberada y recurrir a la figura de la “comisión por omisión”:

  1) Función de Evitación de lesión de bienes jurídicos: significa que existe una función de protección que consiste en la “defensa en todos los flancos” del bien jurídico que se trate contra peligros de todo género.

  2) Supervisión de determinada fuente de peligro: la protección de los bienes jurídicos frente a la fuente u origen del peligro consiste en limitar o aminorar la fuente de riesgo. (4)

Dicho en breve, los juristas han recurrido básicamente al herramental relacionado con la gestión de riesgos, por lo que apuntan a evitar o prevenir riesgos y, en su caso, a reducir el riesgo al que un bien jurídico pueda verse expuesto. Como se puede apreciar en los casos español y mexicano, se tiende a establecer los causales legales determinantes como para poder transformar la omisión en acción, y ésta en acción delictiva o criminal. En el caso español se exige que “el omitente haya creado una ocasión de riesgo para el bien jurídicamente protegido mediante una acción u omisión precedente”, de modo tal que no pueda alegarse inconsciencia acerca de las posibles consecuencias derivadas de una omisión. En el caso mexicano debe quedar claro que la omisión exige la acción penal cuando la misma reviste el carácter de antisocial, situación que ocurre cuando se constituye en una acción lesiva al interés general.

Todas estas consideraciones y muchas otras son producto de dilatados estudios y análisis que han llevado a cabo los especialistas en derecho durante décadas a fin de establecer las condiciones que hacen posible que una omisión pueda transformarse en acción deliberada destinada a ocasionar determinados hechos de carácter punible.


Es esencial abordar esta temática en nuestro medio que ha convertido la omisión, por descuido, falta de atención, exceso de confianza u otras razones, en particular aquella variante destinada a facilitar u ocasionar determinados hechos lesivos al interés colectivo, en pan de todos los días.

¿EN QUÉ MARCO SURGEN OPORTUNIDADES PARA QUE LA OMISIÓN PUEDA TRANSFORMARSE EN ACCIÓN DELIBERADA?

A modo de sintetizar, podemos decir que las condiciones indispensables para transformar la omisión en una acción, incluso de carácter lesivo y hasta criminal, tienen que ver: 1) con los deberes formales del omitente y 2) con el contexto en que actúa. 

Dicha transformación exige que entre una y otra condición exista una gran energía complementaria que la omisión puede poner en acción a fin de ser dirigida justamente a la producción de acciones y hechos que pueden llegar a ser altamente lesivos al interés general.

A fin de ir directo al núcleo de la cuestión, señalemos que se cumple la primera condición mencionada -la de los deberes formales- cuando el omitente tiene competencias o responsabilidades expresamente asignadas y que sólo él puede ejercer o desempeñar, porque así está establecido en el marco legal, constitucional o contractual prevaleciente.

La segunda condición -la del contexto en que se actúa- es igualmente determinante para transformar la omisión en una acción que puede tener carácter delictivo. Si, por ejemplo, en un contexto escolar, el omitente es el portero de un establecimiento educativo que incumple sus obligaciones o las realiza de modo poco prolijo, puede ocurrir que unos ladrones se den cuenta de ello y aprovechen su falta de control para apoderarse de bienes de la institución. En este caso es posible imaginar que la omisión facilita o hasta alienta el asalto que viene a ser coproducido por el mismo omitente por ser el responsable de cuidar las instalaciones del centro educativo, y por la acción de los mismos ladrones que aprovecharon el descuido del portero.

Esa conducta del portero puede ser vista como una omisión que, si bien alienta o facilita la respuesta de los ladrones, puede no haber sido producida aviesa y premeditadamente, sino que es producto de una práctica y modo de desempeño descuidado. Aquí cabe obviamente la pregunta, si todo ese modo de ejercer sus funciones no habrá sido premeditamente ejercido con la finalidad de facilitar a los ladrones su tarea. Aquí pueden surgir discrepancias entre quienes ven esta situación como falta de prolijidad y descuido, y quienes ven en ese comportamiento una grave lesión a la integridad del patrimonio del centro educativo.

Entre los deberes formales del omitente y el contexto en que actúa surge una relación dialéctica de reforzamiento mutuo y complementario que permite transformar la omisión en acción deliberada. De este modo, el omitente puede alegar inocencia, a lo más descuido y desatención, pero evitará reconocer una acción aviesa y deliberada para inducir determinadas acciones y reacciones y producir determinados hechos.

Por ello, es crucial comprender los alcances de la “comisión por omisión”, ya que recién en ese marco se podrá establecer las pruebas que son indispensables para demostrar cuán poderosa es la interacción que existe entre deberes y contexto. En el caso de este tipo de delito, la prueba es la misma omisión en determinados contextos que deben ser puestos en evidencia con meridiana claridad. Veremos algunos ejemplos para ilustrar estos extremos.

¿EN QUÉ GRADO Y MEDIDA LA “COMISIÓN POR OMISIÓN” CONTRIBUYE A FORJAR EL DESTINO DE BOLIVIA?

A fin de mostrar el grado de peligrosidad que es posible atribuirle a la omisión, es necesario puntualizar algunos aspectos y señalar algunos ejemplos que ilustren el grado y la medida en que la omisión puede equipararse a la acción aviesa y malintencionada. 

Entre los puntos a destacar es indispensable abundar más en el contexto, ya que se constituye en el elemento clave o determinante que puede transformar la omisión en un acto y éste es una acción criminal. Establecer el incumplimiento de deberes resulta, en cambio, una tarea relativamente más simple.

Veamos un ejemplo. Si el contexto reinante se caracteriza por la falta de oportunidades de empleo para la población, lo lógico es que quien ofrezca empleos logre captar la atención de los desocupados. Si la creación de esos empleos depende de vulnerar leyes, evitar el pago de impuestos y aranceles e implantar las infraestructuras necesarias para realizar producciones ilegales o destructivas de los bienes de la naturaleza, es obvio suponer que pretender satisfacer todos esos requisitos constituye una quimera o una locura. La oficina de impuestos, la aduana, las instancias que velan por el medio ambiente o la policía pronto estarían detrás de sus talones, haciendo prácticamente imposible que prospere un emprendimiento bajo esas condiciones.

Pero, ¿qué pasa cuando el o los omitentes, es decir, las autoridades a cargo de controlar todos esos desbordes, se hallan claramente persuadidos que si no hacen nada se producirán los empleos ofrecidos? El resultado es que se producirán los puestos de trabajo ofrecidos, pero la institucionalidad relacionada con las instancias mencionadas quedará disminuida o sepultada, ya que en realidad se estaría permitiendo que convivan diversos parámetros para medir las mismas cosas. En este caso se puede decir que hay un motivo “loable” que permite convertir la omisión en acción orientada a producir empleos, pero a costa de la destrucción, por ejemplo, de los bienes de la naturaleza y del tejido institucional.

Un motivo menos loable sería, por ejemplo, hacer todo ello, pero con fines mucho más estrechos, por ejemplo, enriquecerse a costa de la sociedad y el Estado, sin importar si existen beneficios sociales o colectivos sostenibles y sin que interesen los costos relacionados con la destrucción del tejido institucional.

En este caso también le toca actuar al omitente: su labor es la de no actuar en el cumplimiento de sus deberes, lo que significa al mismo tiempo ignorar una serie de decisiones que toman quienes se han dado a la tarea de instalar las bases y condiciones indispensables para hacer posible dicho enriquecimiento a costa de destruir el tejido institucional, de crear estructuras ilegales que permitan la generación de las actividades relacionadas con todo ello. Es posible que, en un primer momento, cuando las condiciones aún no están plenamente desarrolladas, no exista plena conciencia que la omisión puede provocar o desencadenar la instalación y desarrollo de dichas condiciones. Seguramente por ello el Código penal español citado exige que exista una “omisión precedente”. Pero en un segundo momento, será muy fácil advertir que existe una relación íntima y directa entre la omisión y el desarrollo de las bases y condiciones para hacer posible el negocio del enriquecimiento. En este caso la omisión se ha convertido en acción, y en una acción de tipo criminal, ya que de modo avieso e intencional se están lesionando los objetivos e intereses centrales de una sociedad -sus bienes jurídicos, como ser la paz social, la igualdad, la justicia- que apuntan a establecer estructuras capaces de favorecer y alentar la armonía y la convivencia pacífica y no el enriquecimiento de unos pocos a costa del patrimonio colectivo.

El primer ejemplo está íntimamente relacionado con la forma en que se ha pretendido justificar en Bolivia el saqueo y la depredación de los bienes de la naturaleza por la vía del extractivismo, mientras que el segundo ejemplo refleja el proceso de instalación de las bases y condiciones que han hecho posible el desarrollo del negocio del narcotráfico en Bolivia.

A modo de ilustrar los alcances de este último ejemplo, es oportuno señalar aquellas bases y condiciones indispensables que no podrían haberse dado ni desarrollado si no se contara con la omisión activa, es decir, con ese tipo de omisión que se convierte en acción y, además, de tipo lesivo a los intereses de la sociedad.

A fin de hacer posible el negocio del narcotráfico como una actividad continua, se requiere contar con una diversidad de infraestructuras, medios e insumos, requeridos para ello, es decir, montar toda la cadena de valor que va desde la hoja de coca hasta el clorhidrato de cocaína, pasando por el acondicionamiento de los lugares de producción hasta el mercado final, sin descuidar todos los circuitos de expendio y comercialización interna y externa.

Eso implica contar con terrenos aptos para el cultivo de hoja de coca en cantidades considerables de acuerdo a la escala en que se busca operar. Dado que el clorhidrato no se produce sólo con hoja de coca, se requiere facilitar el acceso a todos los ingredientes o precursores indispensables para hacerlo posible. Como la mayor parte de dichos ingredientes no se producen en el país, deben importarse, pero debido a que legalmente son consideradas sustancias controladas, estos insumos deben internarse en el país vía contrabando o con la concomitancia de las autoridades encargadas de controlar el movimiento comercial.

También se requiere un sistema de protección de todas las factorías y centros de producción, empezando por los cultivos de coca hasta las pozas de maceración y las fábricas de clorhidrato que deben permanecer en la clandestinidad, cuando menos éstas dos últimas, puesto que se supone que son ilegales. Dado que sólo una fracción de la producción final está destinada al mercado interno, es indispensable organizar toda la logística relacionada con el traslado hacia el exterior del país de dicha substancia, lo que exige una infraestructura adecuada que va desde pistas aéreas hasta aviones, y todas las infraestructuras y medios indispensables para que funcionen, con todas las complicidades que la situación exige. Por supuesto que para cada tipo de operación se requiere personal especializado, desde los agricultores y los pisacoca pasando por quienes ofrecen seguridad hasta los que conducen las aeronaves. A todo ello todavía habría que agregar los eslabones relacionados con el lavado de narco dólares y su inserción en la economía nacional.

La omisión a estas alturas ya no puede ser un factor ocasional, sino que se convierte en un elemento indispensable de toda la cadena de valor, como si se tratara de un precursor insustituible, que hace posible la actividad del narcotráfico. (5) Podríamos decir que llega al extremo que el omitente tiene el poder de usar la ambición y la energía del actor principal, en este caso, de los narcotraficantes, para lograr lo que persigue. Es como un luchador de yudo que se vale de la fuerza del adversario para doblegarlo. A estas alturas resulta ya muy difícil saber si el actor con la energía delincuencial se vale del omitente o éste del primero. Están íntimamente imbricados y embarcados en un mismo proyecto.

El ejemplo del narcotráfico es sin duda el más patético, el que de modo más contundente nos permite comprender la omisión como una fuerza letal y destructiva, en particular porque la omisión ha sido puesta a disposición de dicha fuerza, cuando se espera que el ejercicio de las funciones y responsabilidades confiadas al omitente debería beneficiar al conjunto de la sociedad. Es decir, el omitente traiciona las finalidades e intereses fundamentales de la nación, pues aprovecha sus deberes y funciones para ayudar a fuerzas poderosas a realizar sus fines, obstaculizando o haciendo inviables los fines de la sociedad.

El problema mayor es que múltiples estructuras se han conformado y establecido de este modo a través del tiempo, lo cual significa que las estructuras que dispone Bolivia han sido formadas en muchos casos al influjo de estas dinámicas, donde el omitente actúa como la fuerza que tolera, permite, alienta y se convierte en cómplice de actores que no tienen como norte el bienestar de la sociedad, sino el suyo propio.

En otra ocasión pasaremos revista a las principales estructuras que se han conformado en Bolivia gracias a la omisión -como el colonialismo, los despojos territoriales, la informalidad-, siempre a espaldas del pueblo y violando las reglas de juego que la sociedad se ha dado para organizar su propio desarrollo y convivencia pacífica, lo cual ha generado cada vez nuevas condiciones para reproducir el atraso, la dependencia, la pobreza y la marginalidad.

¿QUÉ DEBEMOS HACER PARA COMBATIR LA OMISIÓN DESTRUCTIVA?

El tema de la omisión no ha sido objeto de ningún tratamiento especial en nuestro medio, aunque ha sido formalmente introducido en el Código Penal boliviano. Su Artículo 13 bis.- (COMISIÓN POR OMISIÓN).- establece que: “Los delitos que consistan en la producción de un resultado sólo se entenderán cometidos por omisión cuando el no haberlos evitado, por la infracción de un especial deber jurídico del autor que lo coloca en posición de garante, equivalga, según el sentido de la Ley, a su causación”.

Ese artículo aparece aislado y sin mayor relevancia, ya que no existen casos y situaciones en los que se hubiera generado una jurisprudencia que vaya más allá de casos sancionados por omisión de auxilio o socorro familiar, muy frecuentes en todos los espacios jurídicos. Por lo general se sigue considerando a la omisión como una falta reprochable, pero nada más.

Por lo que podemos advertir, el tema tiende a ser mucho más crítico y grave cuanto más pobre o débil es una sociedad en recursos económicos y sociales, pero también en recursos jurídicos, penales y de capacidades para imponer la ley a fin de encaminar las cosas adecuadamente y evitar delitos y combatirlos. Dicho de otro modo: la omisión es monstruosamente lesiva a los intereses colectivos en entornos en los que existe una particular debilidad de la sociedad para prevenir delitos a la par que existen poderosas fuerzas con una voluntad y poder delictivo para implantar lo que se les antoja.

La “comisión por omisión”, como señalan los especialistas en derecho, muestra que en el mundo la omisión en determinadas circunstancias está claramente identificada como un delito, asunto que en nuestro medio no ha merecido mayor atención, mucho menos en los extremos a los que la omisión puede conducir las cosas.

Lo fundamental es iniciar un intercambio entre profesionales de las diversas ramas para establecer el grado y la medida en que la omisión en determinadas condiciones y circunstancias puede y debe ser considerada un delito penal que debe ser rigurosamente sancionado. Describir los marcos y condiciones en los que ello se da, es la tarea que corresponde desarrollar.

Pero seguir mirando el techo, ignorando la labor de apoyo descarado que ocasiona la omisión en el montaje de estructuras completamente atentatorias contra todo progreso social, material y espiritual del país, no puede seguir siendo aceptado ni tolerado.

Quienes actúan omisamente o al borde de la completa inefectividad en el cumplimiento de sus deberes, funciones y competencias, poniéndose al servicio de fuerzas ajenas al futuro del país, pueden ser mucho más lesivos al interés nacional que los más aviesos criminales.

CONCLUSIONES

Entre las consecuencias más nefastas y perniciosas que ocasiona la omisión, en este caso tanto de la omisión por descuido como de la comisión por omisión de carácter delictivo, es que contribuye a sembrar estructuras ajenas al buen futuro o devenir de la sociedad, así como a producir y acrecentar las desigualdades en la sociedad. Desde el momento en que la omisión tiene que ver con no cumplir las reglas de juego imperantes en la sociedad (sea la Constitución, las leyes, reglamentos, etc.), dado el hecho que dichas reglas se han establecido con la intención de forjar condiciones iguales para todos, todo desvío en la aplicación de estas reglas es un atentado directo contra la igualdad y el futuro colectivo. En este sentido podemos decir que la fuente principal de estructuración de la desigualdad y de un futuro lleno de obstáculos e incertidumbres proviene fundamentalmente de todo lo que se omite, sea por descuido o por acción delictiva.


Fuentes Consultadas

BOLIVIA. CÓDIGO PENAL Y CÓDIGO DE PROCEDIMIENTO PENAL ACTUALIZADOS

file:///F:/copia%20de%20seguridad%2020%207%202018/unidad%20z/Documents/Documents/ANCLADOS/18f65e23b6396b168d20d5bfbc39bcdc.pdf

Comisión por Omisión. Algunas consideraciones sobre la Injerencia como Fuente de la Posición de Garante

https://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0718-34372006000200007

La posición de garante tratándose de los delitos impropios de omisión cometidos por los militares por incumplimiento de sus funciones constitucionales y legales.

https://repository.eafit.edu.co/bitstream/handle/10784/1354/DazaLopez_MariaIsabel_2013.pdf?sequence

Omisión en la Doctrina Mexicana

https://mexico.leyderecho.org/omision/#Omision_en_la_Doctrina_Mexicana

SENTENCIAS SALA PENAL C.S.J. /COLOMBIA

https://gavillan1.blogspot.com/2008/01/por-omisin.html

Sentencias sobre Comisión por omisión

https://vlex.es/topics/comision-por-omision-951862?filter=sentencias

Wikipedia - Omisión

https://es.wikipedia.org/wiki/Omisi%C3%B3n



(1) Economista, experto en planificación territorial. Catedrático de “Desarrollo del Capitalismo”.

(2) Ver: Wikipedia, Omisión, https://es.wikipedia.org/wiki/Omisi%C3%B3n

(3) Ver: Wikipedia, Op cit.

(4) Ver: "La posición de garante tratándose de los delitos impropios de omisión cometidos por los militares por incumplimiento de sus funciones constitucionales y legales", pág. 39.

(5) Una de las condiciones para probar la “comisión por omisión” radica en establecer la complicidad, es decir, la coordinación de “acciones” (omisiones) y requerimientos de los cómplices. Ver: https://gavillan1.blogspot.com/2008/01/por-omisin.html