Carlos Rodrigo Zapata C. (*)

Una de las
decisiones más importantes que debe tomar toda colectividad en el marco de la democracia
representativa, radica en saber elegir a sus autoridades y a sus
representantes, es decir, a aquellas personas que conducirán los asuntos
públicos por un determinado periodo de tiempo. De ello dependerá en buena
medida si se atienden unas necesidades u otras, o no se atiende ninguna, qué
derroteros se siguen, qué oportunidades se aprovechan, etc. De modo que acertar
en dicha decisión es crucial, ya que ello a su vez contribuye a consolidar
instituciones, a fortalecer conductas y orientaciones, o a desmoronar lo que ya
se venía construyendo.
En este
marco, es fundamental reflexionar cuidadosamente al respecto, ya que la
pregunta planteada puede ser respondida de diversos modos, dependiendo de las
condiciones específicas que primen en el país y en las diversas regiones y
municipios.
Me he
propuesto identificar algunos temas clave que puedan a ayudar a efectuar esta
reflexión de modo general, esperando que cada interesado pueda hacer su propio
análisis de las condiciones específicas que predominan en su propio municipio o
gobernación, y saque sus propias conclusiones.
Escenarios Básicos
Ideales
A modo de
simplificar y entrar rápidamente en materia, nos apoyaremos en tres escenarios
básicos ideales que nos ayudarán a resolver nuestra tarea. Una vez presentados
estos escenarios, responderemos en cada caso qué resultaría preferible, si
elegir a oficialistas u opositores.
Escenario 1: Un país
sobre ruedas. Ello significa que la
Constitución y las Leyes se cumplen apropiadamente, no existe una burocracia
excesiva, tampoco un afán de chicanear a nadie. Las decisiones son
relativamente transparentes y no existen casos muy graves de corrupción. La
distribución de recursos fiscales no incurre en distorsiones excesivas, de modo
que no existe la impresión de un claro favoritismo hacia unas u otras regiones
o municipios, y existe una buena disposición a solucionar los casos en que se
presentara dicha distorsión. Los participantes no tienen razones extraordinarias
para tratar de copar toda gobernación o municipio, simplemente porque todos
actúan en el marco de la ley y los
derechos.
En suma, los actores se hallan en una cancha nivelada, con un rayado
de cancha apropiado y un árbitro objetivo e imparcial, empeñado en emitir
fallos justos y equilibrados. Nadie tiene la impresión que en el escenario
regional o municipal se defina la suerte
de todo el país o incluso la línea política del gobierno, pero sí que el
gobierno central puede influir decisivamente en las regiones y municipios
mediante normas y programas en el marco de las respectivas competencias.
En un
escenario de esta naturaleza, el oficialismo no tendría ninguna ventaja
extraordinaria derivada del cumplimiento de las leyes, ya que las normas
imperantes serían iguales para todos y su aplicación no daría lugar a favoritismos
o discriminaciones, según sea la procedencia del interesado, del oficialismo o
de la oposición. En este marco, los electores podrían concentrarse
exclusivamente en elegir los mejores programas impulsados por los mejores
candidatos, ya que ello les aseguraría a todos un mejor resultado y
rendimiento.
Escenario 2: El país de
las decisiones condicionadas. Un país de esta característica
significaría que toda decisión se halla sujeta o condicionada a determinados
acuerdos previos que vayan más allá del
marco legal estricto, que pueden incluir desde seguir al pie de la letra la
política oficialista hasta someterse a diversos tipos de exigencias, sean
formales o informales, con tal de alcanzar los objetivos previstos. Ello
incluiría, entre otros, evitar críticas a la gestión gubernamental, compartir
ingresos no declarados, favorecer a correligionarios, etc.
Todas estas
formas de condicionamiento del ejercicio de la gestión pública en los niveles
subnacionales serían la base para poder contar con un apoyo acelerado en el
funcionamiento de la gestión pública, lo cual evitaría trabas y obstáculos de
todo tipo, excepto aquellos que ni aún en el mejor escenario podrían subsanarse
rápidamente, simplemente porque el país tiene sus limitaciones.

En un
escenario de este tipo, las decisiones pasan por las manos de quienes detentan
el poder, lo cual significa que toman sus decisiones con el grado de
discrecionalidad que cada caso amerite, de modo que de antemano resulta
relativamente difícil decir si los procesos tomarán poco o mucho tiempo, si se
contará con los recursos esperados, si criterios de racionalidad serán
adecuadamente tomados en cuenta y aplicados. Este escenario está signado por la
incertidumbre, ya que no se somete a reglas previamente acordadas, sino que
depende de los requerimientos que las instancias de poder puedan tener en cada
momento.
Escenario 3: Un país con virtudes
y defectos. En este caso nos hallamos en un
escenario más realista, es decir, en un ambiente donde las cosas no son blancas
o negras como en los otros escenarios esbozados, sino un escenario donde vemos
al país actuando en medio de sus virtudes y defectos, de sus limitaciones y
empeños por superarlas. Las leyes se cumplen tanto como las capacidades
realmente existentes lo permitan, la burocracia muestra mejoras, pero las
trabas no desaparecen, la distribución de los recursos mantiene sesgos
pronunciados que son defendidos a raja tabla, para lo cual los apoyos
oficialistas pueden resultar esenciales. Es decir, el país cambia en algunos
asuntos, en otros se mantiene inalterado, por lo que los apoyos oficialista
pueden ser indispensables en determinados casos.
Este
escenario es poco transparente, poco claro, pues son muchos los temas o asuntos
que requieren conocerse o dominarse con cierta profundidad como para poder
formarse un juicio apropiado y poder elegir a las nuevas autoridades de modo
certero. Por ello, el común de los electores que se detenga a reflexionar un
tanto sobre estos asuntos, procurará orientarse de una manera simple, a fin de
tomar una decisión informada, aunque posiblemente sin contar con suficientes
elementos de juicio. ¿Cuáles pueden ser esas orientaciones que nos ayuden a
simplificar nuestra decisión? Por ejemplo, se tenderá a comparar la idoneidad y
profesionalidad de los candidatos, el acceso a recursos suficientes, la
pertinencia de sus programas, la autoridad necesaria para poder cumplirlos,
etc.
Bien, ahora
que contamos con estos tres escenarios ideales, podemos empezar a responder a
nuestra pregunta: ¿Qué es preferible: Elegir a oficialistas u opositores?
Si las
características del primer escenario -Escenario 1: Un país sobre ruedas-
son las dominantes en el ambiente nacional, regional y municipal, es claro que
el oficialismo no tendría ventajas de ninguna naturaleza frente a la oposición.
Ello significaría que el electorado podría concentrarse exclusivamente en las
características de los programas y los candidatos para emitir su voto. En este
caso, el partido o frente que presente la mejor combinación de ambos tendría
claramente la posibilidad de ganar la contienda e inclinar el voto de la
mayoría relativa de electores a su favor. En este caso, la respuesta a la
pregunta planteada es: en el Escenario 1 da igual elegir a candidatos del
oficialismo que de la oposición.
En cambio
si las características que predominan en el ambiente electoral son las
presentadas en el segundo escenario -Escenario 2: El país de las decisiones
condicionadas- entonces no hay duda que los opositores tendrán un
hueso muy duro de roer, a fin de poder hacer una gestión pública satisfactoria.
Por el contrario, los representantes del oficialismo podrán ofrecer “el oro y
el moro” a sus electores, ya que podrán garantizar ampliamente los resultados a
alcanzar, porque contarán con el apoyo incondicional de sus correligionarios en
el nivel central del estado y en los demás niveles. Sin duda, ello establecería
una diferencia sustancial en la elección a favor de los oficialistas, una ventaja
insuperable para los candidatos de la oposición. Aquí la cancha inclinada a
favor de los oficialistas haría vano todo esfuerzo de los opositores por tratar
de convencer a los electores. Por cierto que una elección en un escenario de
estas características no podría llamarse democrática por los sesgos y
condicionalidades existentes. El resultado en este caso aparentemente es
rotundo: es mejor elegir a los oficialistas. No obstante, como veremos más
adelante, nada es perfecto, ya que tampoco hay garantía de buena gestión cuando
surgen discrepancias incluso entre autoridades pertenecientes al oficialismo.
En caso que
las características dominantes en el ambiente económico, social y político
correspondan más a las características expuestas en el tercer escenario -Escenario
3: Un país con virtudes y defectos- es claro que la elección
dependerá mucho de los candidatos y de sus programas, aunque menos que en el
Escenario 1, ya que la superación de las deficiencias queda sujeta en buena
medida a una mayor voluntad y empeño de la institucionalidad en los distintos
niveles de gobierno, lo cual puede ser más fácil de lograr cuando se trate de
asuntos de preocupación del oficialismo.
Aquí podríamos
estar tentados de decir que en un escenario de este tipo son los oficialistas
los que llevan las de ganar, pues al fin y al cabo son los dueños de las
decisiones, de los derroteros nacionales, de los recursos, etc. Pero en un
ambiente de este tipo es justamente donde más oportunidades surgen de construir el país
que queremos, pues en este caso (a diferencia con los Escenarios 1 y 2) podemos
decir que nos hallamos en un territorio en disputa, donde las cosas están en
gestación o se hallan dispuestas al cambio. La pregunta es: ¿cómo, haciendo
qué, poniendo los acentos dónde?
El asunto pasa
por saber qué queremos, si queremos construir un país para todos o para una
parte de sus ciudadanos, si consideramos que todos tenemos los mismos derechos,
si pensamos que la democracia es un vehículo para construir consensos y hacer
posible el cambio sin violencia, o es un medio para imponer la voluntad de la
mayoría sin considerar los derechos y requerimientos de las minorías. Si
pensamos que todos tenemos los mismos derechos, gozamos de las mismas garantías
constitucionales y vemos a la democracia como la gran oportunidad de ponernos
de acuerdo en torno a nuestras mejores oportunidades, entonces es claro que los
órganos de gestión pública, el funcionariado público y las decisiones de las
autoridades son esenciales, ya que pueden contribuir decisivamente a nivelar el
campo de juego, por lo que es a dichos asuntos a los que deberá abocarse la
oposición para poder superar el sesgo que existe en el Escenario 3 en favor del
oficialismo. En breve, deberá poner en el tapete de discusión justamente los
temas de los derechos, las garantías constitucionales, la eficacia de los
órganos de gestión pública, las capacidades estatales disponibles para ejercer efectivamente
dichos derechos, así como la vigencia de un estado de derecho y de una
democracia que congregue y articule, y no sea un mero instrumento de imposición
y avasallamiento. En conclusión, podemos responder a nuestra pregunta en este
tercer escenario del siguiente modo: es preferible elegir a aquel frente, sea
del oficialismo o de la oposición, que mejor programa y candidatos presente, y además
haya desarrollado mejores planteamientos para hacer respetar la igualdad de
derechos y el ejercicio efectivo de los derechos.
Hasta aquí
uno se preguntará: y bueno, ¿qué se puede sacar en limpio con estas
disquisiciones? Lo primero y fundamental, comprender que hay que analizar las
reglas de juego en el marco o contexto en que se aplican. Como se ha podido
apreciar, el Escenario 2 no deja prácticamente ninguna apertura a la oposición
como para poder ganar la preferencia de los electores, aunque todos los
candidatos se someten a las mismas reglas de la elección. Lo segundo, es que
hay escenarios diversos, es decir, conjuntos de condiciones particulares, que
pueden inclinar la balanza a favor de uno u otro de los contendientes, por lo
que los mismos contendientes y el electorado deben tomar claramente en cuenta
estas circunstancias, analizarlas y formular soluciones y propuestas que
apunten a nivelar el campo de juego. Nada se gana creyendo que porque el voto
supuestamente es libre, directo, igual, secreto, obligatorio y universal, que
el mismo permitirá emitir un veredicto imparcial, objetivo, legítimo, legal,
etc. Ya está bueno de tantos cuentos. Tercero, identificar algunos conjuntos de
condiciones que pueden resultar más favorables al oficialismo o ser más
neutrales para lograr una contienda más equilibrada entre oficialismo y
oposición. Esto es esencial para cultivar la democracia y el estado de derecho,
sin lo cual rige o solo puede regir la ley de la selva o del más fuerte.

Casos Paradigmáticos
Ya en un
plano más empírico, podemos citar algunos casos paradigmáticos que muestran la
urgencia de responder a la pregunta aquí planteada del modo más objetivo
posible.
El caso del
teleférico en La Paz muestra los problemas que surgen cuando hay el afán de competir
entre oficialistas y opositores. Una gran solución gestada por el nivel central
del estado fue prácticamente impuesta a la ciudad, sin haber coordinado
oportuna y adecuadamente entre ambos niveles de gestión pública. El hecho es
que puede apreciarse una serie de incongruencias relacionadas con la
habilitación de espacios públicos que tomen en cuenta no solo la circulación
peatonal, sino también el flujo vehicular adecuado. A días de haberse
inaugurado la línea amarilla empezó a verse la necesidad de espacios peatonales
y vehiculares más adecuados. Se entregaron las obras sin concluir, generando
una sensación de premura electoralista innecesaria, pues la idea de la
pertinencia y novedad del teleférico ya quedó instalada en el imaginario
colectivo de la ciudad con la inauguración de la primera línea. Que también se puede aprender rápidamente, puede apreciarse en el hecho que la línea verde en la zona sur ya no fue ni inaugurada hasta que resuelvan algunos problemas de circulación que podían haberse anticipado sin tanta premura y tan pobre coordinación.
Ello no
implica suponer que las autoridades de los diversos niveles subnacionales deben
ser oficialistas para que las cosas salgan a pedir de boca, pues ello sería
desconocer lo que ocurre en otras regiones.
El caso de
Cochabamba parece surgir como ejemplo de que la presencia de autoridades del
mismo partido en distintos niveles subnacionales no garantiza nada, sino una
falta de coordinación y de acción en común como la que se podría dar en
cualquier otro lugar del país. Como decían algunos observadores, entre el
Gobernador y el Alcalde de Cochabamba no se ponen de acuerdo ni el tema de
manejo de las basuras, para no hablar de los temas de transporte, Misicuni y
otros. De modo que no siempre es cierto que se tendrá una mejor gestión si las
autoridades provienen del mismo partido.
Es más,
incluso puede resultar perjudicial a la gestión de las regiones y municipios, cuando
las autoridades de los distintos niveles pertenecen al mismo partido y siguen
las disposiciones políticas al pie de la letra. En el caso de la Gobernación de
La Paz puede observarse que algunos proyectos no han sido ni puestos en el
tapete, simplemente porque el nivel central del Estado no ha priorizado su
ejecución. Es el caso de los hidrocarburos, que no ha provisto un gasoducto,
mientras que la exploración de hidrocarburos empezó con años de demora. El caso
de San Buenaventura tampoco resulta convincente, ya que las observaciones
planteadas por especialistas en suelos acerca de la pertinencia de producir
caña de azúcar a escala industrial, señalan que se producirá un agotamiento muy
acelerado de la capacidad productiva de los suelos de esa región y que solo
podrá mitigarse dicho impacto a costos muy altos. En este caso se puede
observar una limitada posibilidad de consulta y de construcción conjunta de
soluciones adecuadas.
También
puede advertirse el caso de la Gobernación de Tarija que luego de la salida del
país del gobernador titular, el gobernador interino, de la misma corriente
política del gobierno en funciones, tampoco ha logrado darle un cariz más
eficaz o consensuado al desarrollo regional.
Por cierto
que las disputas o desavenencias entre autoridades ligadas al oficialismo y la
oposición de los distintos niveles de gobierno también son parte de esta
panorámica, como es el caso paradigmático del Beni que no se sometió a los
deseos del nivel central de gobierno. El caso del manejo de las inundaciones
acaecidas en esa región, muestra que es indispensable superar la idea que todas
las autoridades deben ser oficialistas como para contar con una gestión
adecuada. Las autoridades electas deben gozar de todo el apoyo, respeto y
prerrogativas que les confiere la ley, y contar con el respaldo de la
institucionalidad existente en el país, siempre con el ánimo de lograr una
gestión libre de discriminaciones y al servicio de todos los ciudadanos. Lo
esencial es que se respete la constitución, las leyes, los derechos y se cuente
con capacidades suficientes para garantizar el ejercicio de dichos derechos.
Todos estos
ejemplos muestran que la solución para una gestión subnacional adecuada no pasa
por lograr de cualquier modo que Gobernadores y Alcaldes deban pertenecer al
oficialismo, ya que ello tampoco es garantía de éxito.
En
conclusión considero que es crucial procurar que todos los candidatos tengan
iguales oportunidades de ser elegidos, que se eviten distorsiones y
discriminaciones de cualquier tipo, que los electores tengan la real
posibilidad de centrarse en la elección de programas y candidatos más
apropiados para cada región, que se garantice a los frentes elegidos un máximo
de apoyo y una eficaz coordinación con todos los niveles de gobierno. Sin estos
requisitos, es posible que el oficialismo logre controlar muchos cargos de
elección directa, pero ello no garantiza una buena gestión y, peor aún,
demerita la democracia y la capacidad del pueblo boliviano de dotarse de una
institucionalidad pública cada vez más adecuada e idónea para superar sus
graves falencias e insuficiencias.
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(*)
Economista, especialista en planificación regional.