16 abril 2017

MUNDO ERRÁTICO Y VACILANTE: MALOS TIEMPOS PARA POLÍTICAS PÚBLICAS SOSTENIBLES




Carlos Rodrigo Zapata C.


Al cabo de un mes de las estimaciones formuladas por Javi López en su artículo, GEOPOLÍTICA DEL CAOS, puede apreciarse que la situación cambió tan notablemente que dichas estimaciones aparecen no solo como caducas y fuera de tiempo, sino fuera de lugar, como si no hubiera habido una constelación de elementos que pudieran haber justificado dichas conclusiones, un mes atrás.



¿Qué ha cambiado en este mes?


Primero, la percepción de una posible relación USA-Rusia, “más que favorable” con Trump y Putin hablando “el mismo lenguaje”, resulta fuera de lugar, en vista a la creciente escalada de confrontaciones verbales y posicionales en torno a Siria primordialmente.


Segundo, la situación de Cercano Oriente se ha calentado en grado extremo a partir de los ataques con gases venenosos proscritos, donde las acusaciones mutuas entre Washington y Moscú han llovido. Es cuestión de tiempo para que cambie el gobierno sirio, ya que a estas alturas de ello depende la posibilidad de un fin de las confrontaciones. 


Tercero, considerar a Xi Ping el salvador de la globalización por ausencia renuente de una contraparte, resulta cuando menos prematuro, mucho más si se tiene en cuenta que la globalización para China es abiertamente el modo en que puede organizar el mundo a su conveniencia. 


Cuarto, la multiplicación de relaciones bilaterales está a la orden del día, modalidad que puede permitir un reajuste de los desbordes que ha ocasionado la fiebre globalizadora. Dónde quedarán el libre comercio y la Organización de Comercio, son asuntos que por ahora preocupan menos, lo cual representa un atentado a las bases mismas de la división mundial del trabajo que administra el capitalismo, que requieren del intercambio más libre y abierto entre las naciones, como base de  su propio sustento. De lo que se trata básicamente es evitar que las ventajas y las desventajas sean permanentemente tan unilaterales como al presente, al participar de los sistemas de intercambio globales.


Quinto, posiblemente el mayor cambio se relaciona con la idea que Trump representa “un poder soberano que no responde ante el normativismo legal ni la discusión racional. Sin contrapoderes ni intermediarios, sin jueces ni prensa”. Los otros centros de poder norteamericano están mostrando que pueden aguarle la fiesta a Trump, que no  puede pretender atravesar impune ante toda esa historia institucional sin sufrir reveces tan contundentes que se vea su poder tan limitado como para inmovilizarlo o tenerlo en un rincón.


Sexto, que los europeos tengan “la oportunidad de ocupar el enorme espacio que dejan unos EEUU en repliegue y un mundo en búsqueda de referencias”, resulta una buena intención, pero sin duda muy alejada de la realidad. Europa acaba de vencer su primera prueba del año exitosamente, al impedir que el populismo neonazi se haga del poder en Holanda. Como van las cosas, esa ya es una buena noticia, pero aún tocan las pruebas mayores: Francia, Italia y Alemania. Si bien en Alemania el temor no radica en que la extrema derecha pueda alzarse con el gobierno, el problema radica en el peso que adquiera la derecha extrema (AfD) en el nuevo Bundestag. La situación en Francia es más problemática, por lo que sin vencer esta nueva prueba, y la italiana, resulta muy prematuro hablar de políticas europeas de cara al mundo. Aún habrá que ver qué Europa y cuánto de Europa queda al final de todas estas contiendas.


En suma, en un mes se dio vuelta la tortilla respecto a tendencias que bien podían percibirse a su inicio. Lo cierto del caso es que todas las estructuras en las que se ha basado el orden internacional en las últimas décadas han entrado en crisis, esto es, están siendo sometidas a diversas presiones y cambios, lo que hace muy impredecible su comportamiento, y mucho más el resultado conjunto que generarán dichos cambios. 

Las causas más visibles de esta crisis cada vez más generalizada presentan dos denominadores comunes: por un lado, el capitalismo finalmente tomó control de toda la faz de la tierra, se apoderó del planeta como nunca antes en la historia, a partir de la caída de la cortina de hierro y el muro de Berlín, dando rienda suelta a sus formas más angurrientas de comportamiento; por otro lado, más allá de lo que prometía u ofrecía, ya no hay un bloque soviético con la capacidad de ejercer una suerte de control estructural del capitalismo, de sus desbordes y libertinajes. En el afán por incoporar raudamente en el esquema capitalista a la ex Unión Soviética y las repúblicas sometidas a su comando, se ha terminado produciendo el peor capitalismo imaginable: rentista, oligarca, despótico, empobrecedor, razón por la que la intervención de la heredera principal de todo ese legado, Rusia, tiene muy pocas alas para volar, pero muchas ínfulas para mantenerse en el escenario.


Las líneas duras que previsiblemente perduren durante el resto del año tienen que ver con China y Rusia, las frágiles con USA y Europa. En el caso de China, está clara su tendencia a reformatear y redirigir las relaciones económicas y comerciales internacionales en su favor. Ello apunta a un pacto entre China y los países que pueden servirle de proveedores y de mercados, por lo que un fortalecimiento de dichas relaciones con países competidores aparece como muy improbable. Este en todo caso sería el sello chino en la globalización. En el caso de Rusia, se halla sometida a fuertes tensiones que le obligan a mantener curso y ritmo sin desviarse, lo que lo convierte en un actor peligroso, porque su radio de acción se ha reducido en extremo. 


Europa está presa en sus desaguisados internos, signados por los populismos, la crisis económica, las inmigraciones y muchas dudas sobre la institucionalidad europea. Tampoco tiene grandes grados de libertad, pero su problema es interno, que viene a ser el opuesto directo al que confronta Rusia.


Los USA están en un curso errático, porque no queda claro quién maneja las riendas, ya que son muchos los centros que pugnan por conducirlas o impedir que los otros lo hagan de modo exclusivo. No sabemos a ciencia alguna si hacia el final de año USA se aproximará más al polo norte o al sur, así de oscilante, vacilante y sinuoso se puede percibir su curso de acción.


Considerando que los nombrados son los principales actores planetarios, se puede advertir claramente que la dupla China-Rusia ganará espacios, presencia, protagonismo, sea porque las circunstancias los inducen a ello o porque ven oportunidades muy grandes de avanzar en sus propias proyecciones geopolíticas sin gran oposición. 


El 2018 dependerá mucho del balance de poderes que se establezca en USA y de los resultados en las elecciones en varios países europeos. Lo más probable es que todavía se requerirá un tiempo hasta armonizar las vías que se prioricen, por lo que 2018 será otro año ganado para el dúo China-Rusia, lo que se reflejará en el sostenimiento de regímenes escasamente democráticos, pero afines a sus líneas y políticas. El mundo se inclinará más por modelos verticales, autocráticos y autoritarios, simplemente porque no habrá un discurso alternativo, una opción alternativa que pueda legitimarse claramente ante la opción verticalista. No son buenos tiempos para la democracia, especialmente cuando no puede demostrar que realmente existe y funciona.


Todo ello muestra las grandes dificultades de armonizar políticas públicas sostenibles en el plano internacional, es decir, que se hallen en consonancia con la lucha contra el calentamiento global y que lleven el sello de la equidad, la inclusión y la lucha contra la extrema pobreza. 


El mundo está perdiendo y perderá precioso tiempo para enfrentar los graves males que lo aquejan como consecuencia de estas olas de vacilaciones y visiones extremas encontradas, que solo muestran que seguimos viviendo en estrechos compartimentos estancos, cuando muchos creen que ya vivimos en un solo mundo, ampliamente intercomunicado. 


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ACTUALIDAD - 14 / MAR / 2017

Geopolítica del caos

JAVI LÓPEZ 

El nuevo desorden mundial toma forma mientras las especulaciones dejan paso a las órdenes ejecutivas. El cóctel de repliegue reaccionario (Donald Trump, Brexit) está imponiendo un cambio de guardia en las relaciones internacionales y dejando patas arriba al hemisferio Norte. El consenso neoliberal, económico y geoestratégico, se ha roto pero ha dejado tras de sí un océano de incertidumbre. La administración Trump se ha mostrado hostil a la integración europea y afín a Vladimir Putin. Xi Jinping “salva” el foro de Davos y se convierte en el abanderado de la globalización. Una ola de nativismo proteccionista puede dar paso a guerras comerciales con graves consecuencias. El 2017 es el año con mayor riesgo político desde el fin de la Segunda Guerra mundial, según Ian Bremmer. Veamos.

Entre el decisionismo americano y el autoritarismo ruso

Estados Unidos inicia una etapa con tintes de aislamiento y unilateralismo. Compromete el bloque atlántico, centro de gravedad del siglo XX, mientras busca una nueva “relación especial” con el Reino Unido del Brexit, fantasea con la desaparición del euro y califica a la Unión Europea de “vehículo” de Alemania. Desprecia las organizaciones supranacionales salvaguardas del multilateralismo, al mismo tiempo que empieza una escalada de tensión con China que puede acabar en deflagración: ese es el mayor riesgo que afronta el mundo.

En el interior su democracia inicia un nuevo capítulo en forma de dezisionismus schmittiano. Un poder soberano que no responde ante el normativismo legal ni la discusión racional. Sin contrapoderes ni intermediarios, sin jueces ni prensa. En el ámbito económico se avecinan muros comerciales. Al tanto, porque ¿qué tienen en común los blancos de los ataques del nuevo presidente: México, Alemania y China? Son grandes potencias exportadoras. Las hostilidades de la Casa Blanca son reflejo de una de sus mayores debilidades: su déficit por cuenta corriente. Y uno de los mayores desequilibrios macroeconómicos globales. De nuevo, economía y relaciones internacionales se entrelazan.

La Rusia de Putin se siente fuerte y tiene razones para ello. Tras una pérdida de dominio paulatina del estratégico anillo de tierras (Spykman) ha demostrado estar dispuesto a todo, ciberguerras incluidas, por mantener sus posiciones. Todos sus últimos movimientos en el Cáucaso, Ucrania o Siria han acabado en aumento de influencia. El autoritarismo de Putin ha orillado sus problemas económicos y parece que los resultados electorales del mundo occidental le sonríen.

Ahora con una administración americana más que favorable, espera que las sanciones comerciales se alivien o eliminen. Trump y Putin hablan el mismo lenguaje y han quedado patentes sus conexiones. Pero mucho cuidado: EEUU puede estar buscando usar al Kremlin contra el gigante asiático, tal y como Kissinger hizo a la inversa durante la guerra fría. Un nuevo anclaje para taponar, esta vez, el ascenso de China. Trump es un personaje peligroso, folclórico y ridículo, pero sería bueno no tratar de estúpido todo lo que haga.

El océano Pacífico se calienta mientras Oriente Próximo arde

China es la gran obsesión del nuevo inquilino del Despacho Oval. Un gigante que ya ha subido a los altares de la economía mundial, acumulador masivo de oro e inversor estratégico en África, Asia central y América Latina. Y ahora ya no quiere tan solo aceptar las reglas, quiere dictarlas. Su cautela ha ido dejando paso al incipiente intento de imponer su propia doctrina Monroe en Asia-Pacífico; algo que parece no estar dispuesto a aceptar EEUU y para lo que cuenta con sus históricos aliados regionales: Corea del Sur y Japón.

Las relaciones entre EEUU y Japón viven una segunda luna de miel. La pareja que forman Shinzo Abe y Trump tiene intereses comunes, China, pero hablan lenguajes diferentes. Para entender por qué no se percibe en Tokio un acercamiento a Trump como amenaza hay que mirar en su política interna. Japón es un país homogéneo, sin inmigración, extrema derecha ni pulsión reaccionaria, y a diferencia de Europa no tiene miembros de la Internacional Trumpista en su Parlamento.

En el aire queda el futuro del conflictivo gran Oriente Próximo y la reincorporación del pivote iraní (Kaplan) a la escena internacional. Falta saber si Moscú podrá modificar la retórica de Washington en este campo. La competición político-religiosa entre Irán y Arabia Saudí explica buena parte de los conflictos abiertos: Yemen, Irak o Siria. EEUU puede tener la tentación de usar una de estas guerras subsidiarias (Yemen) para reivindicarse en la zona junto a su socio saudí.

Mientras tanto, una nueva Turquía otomana se ha afianzado como potente actor regional y los implicados en la victoria militar de Bachar el Asad –Rusia-Irán-Hezbolá– decidirán el futuro del país. Un Israel aislado pero encantado con el nuevo commander in chief proseguirá una política de asentamientos ilegales que imposibilita la solución de los dos Estados. Una región en llamas y en profunda transformación que continúa distorsionando el futuro de Europa.

Europa ante su prueba más dura

El viejo continente puede ver las cambiantes relaciones internacionales como una fiesta a la que no le han invitado. Fragmentado y atemorizado se queda sin el paraguas atlántico, sufre la peor resaca de la Gran Recesión y un año electoral de infarto. El mayor riesgo es que una gran troika formada por Washington, Moscú y Pekín encuentre un nuevo equilibro internacional sin contar con Europa e imponga con fórceps una Ostpolitik II.

Al mismo tiempo, los europeos tenemos la oportunidad de ocupar el enorme espacio que dejan unos EEUU en repliegue y un mundo en búsqueda de referencias. Podríamos ejercer en solitario como defensores de los valores de la Ilustración: Estado de Derecho, democracia, deliberación, tolerancia y sociedades abiertas. Continúan siendo valores atractivos y luminosos, pero hasta las buenas ideas necesitan ser defendidas. Para ello la UE debe restituir un modelo social resquebrajado y dotarlo de un escudo en materia de seguridad y defensa. Pasado el impasse electoral necesitamos activar una Europa flexible, a varias velocidades, que desatasque el proceso de integración y acabe con el paralizante tira y afloja de las capitales.

Es más necesario que nunca buscar aliados que compartan nuestra visión del mundo: normas, diálogo y multilateralismo. Nuestras relaciones con América Latina y Canadá cobran un nuevo significado. Debemos combatir el repliegue espasmódico y hacerlo de la mano del nuevo secretario general de Naciones Unidas, una pieza clave, el portugués António Guterres. Nos conviene encontrar un nuevo equilibrio con Rusia y estrechar lazos con China. También habrá que estar muy atentos a la candidatura a canciller del socialdemócrata y europeísta Martin Schulz. Su victoria sería todo un revolcón en la fuerza hegemónica del continente.

Entre el decisionismo de Trump, el autoritarismo de Putin y el capitalismo de Estado de Xi Europa tiene el deber de proteger su legado: democracia liberal y mercado con rostro humano. Libertades individuales y protección social. Preservar la dimensión política y reconstruir la dimensión social del proyecto ilustrado. Ese es también el perímetro de juego de la socialdemocracia europea (Vallespín). Un humanismo inteligente que haga bandera de la alteridad ante la vuelta a la tribu, los muros y los chivos expiatorios.

Sabemos desde la Historia de la guerra del Peloponeso que la conducta humana está guiada por el propio interés, el miedo y la defensa del honor. Parece que las relaciones internacionales están volviendo a su punto primigenio. Pero no olvidemos que la geopolítica contiene larvadas guerras de ideas. Está por decidir si tendremos un mundo ordenado por el orgullo de la hybris o la fuerza de la razón.