06 noviembre 2014

ANTIFASCISMO vs. LIBERTAD. LAS DOS CARAS DE ALEMANIA ORIENTAL


A 25 años de la caída del muro de Berlín


A un cuarto de siglo de los memorables hechos que acontecieron en Alemania y en toda Europa, entonces dividida por la "cortina de hierro", como se solía llamar a esa división artificial construida por los bloques de países socialistas y capitalistas, es oportuno volver a difundir un artículo publicado originalmente en 1992, que reúne breves experiencias en la antigua República Democrática Alemana (RDA) en los años 1980 y 1981. En esos años tuve la ocasión de visitar la RDA y obtener impresiones imperecederas de la lucha que por entonces se llevaba a cabo entre el régimen antifascista allí instalado y las ansias de libertad dominantes en la juventud alemana oriental.

Sin duda, la caída del muro de Berlín, que solo fue el anticipo de la caída de la comunidad de países socialistas y la creación o independencia desde entonces de no menos de 25 países en la región euroasiática, trajo cambios profundos en las relaciones económicas, sociales, geopolíticas y de otros ordenes en el mundo entero, al punto que se acuñó la idea del “fin de la historia”, ya que dicha caída dejaría en evidencia el triunfo del liberalismo, la economía de mercado y la democracia, de dónde surgió la idea del "pensamiento único", una forma de mostrar el retorno a un sistema unipolar de poder hegemónico. 

Para bien y para mal, a 25 años de dicho hecho estelar en la historia, la humanidad enfrenta nuevos problemas y desafíos, en muchos aspectos mucho más graves y agudos que los que por entonces se podía vislumbrar. Pese al tiempo transcurrido, lo que queda como lección y patrimonio para la humanidad son esas desenfrenadas ansias de libertad de la juventud que pude conocer entonces en la antigua RDA, denominada bastión antifascista. 

Que este sea mi sencillo homenaje a todos quienes han luchado denodadamente para hacer prevalecer el más grande y valioso valor que nos han legado nuestros mayores y lo ha corroborado la historia entera de la humanidad: la libertad. Zum wohl!

Carlos Rodrigo Zapata C.



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LAS DOS CARAS DE  ALEMANIA ORIENTAL

                                                                                        A Jörg, Andrea y Kommilitonen,  aman­tes de la libertad

Por: Carlos Rodrigo Zapata C. (*)

No había terminado de entrar a la oficina aquel 10 de noviembre de 1989 que se me aproximó Eva María, la secretaria de la Em­bajada, y me preguntó si la noche anterior había visto por televisión los acontecimientos en el muro de Berlín. Le dije que no, que ese día contra mis costumbres me dormí temprano. Me lanzó una mirada llena de compasión por haberme perdido -en vivo y en directo- uno de los sucesos más estremece­dores de la post-guerra: la caída del muro de Berlín. 

Miles de ciudadanos de Berlín Otriental, aún denominada capital de la República Democrática Alemana (RDA), se habían arremolinado en torno a los puestos de control fronterizo luego del anuncio efectuado por el Comité Central del Partido Socialista Unificado (SED) que autorizaba a viajar al exterior sin pasaporte. Seguida­mente fue suspendida la medida, pero por todo el ambiente de eferves­cencia que se vivía en la ciudad, los guardas fronterizos no tuvieron más remedio que abrir las puertas y dar paso a la libertad. 

Me invadió una sensación de melancolía por no haber presenciado en esos instantes tan magno acontecimiento, pues de diversos modos esa noticia me tocaba íntimamente, no sólo por haber vivido muchos años en Alemania Occidental, sino por haber tenido oportunidades excepcionales de conocer por dentro el proceso de desmoronamiento de la RDA y de vivir lo que yo llamo las dos caras de la realidad de ese país, de ese ex-estado autodenominado socialista de los trabajadores y campesinos. Debido a esas vivencias no me sorprendió en absoluto ese desarrollo, aunque sí, como a todo el mundo, el momento en que se llevó a efecto. 

UNA CARA DE LA MEDALLA 

Durante la dictadura garcía-mezista los bolivianos residentes en Alemania Federal junto a amigos alemanes organizamos una multitud de Comités de Defensa de la Democracia. En Alemania llegaron a contarse cerca a treinta comités repartidos a lo largo y ancho de ese país e incluso a celebrarse tres congresos de CONADES, capítulo Alemania. A nuestro grupo se sumaron activistas políti­cos, pacifistas, ecologistas y gente de buena voluntad. A fines de 1980 uno de los miembros de nuestro grupo me invitó a visitar la RDA con un grupo de juristas simpatizantes del régimen allí existente por entonces. Si bien bailaba fuera de la raya dentro de ese grupo -por ser extranjero, economista y escéptico con el régimen de la RDA-, decidí sumarme al grupo pues consideraba que era una oportunidad incomparable de conocer el punto de vista de los gobernantes de la Alemania Oriental. Los anfitriones or­ganizaron un programa muy basto para sus invitados que contem­plaba visitas a varias ciudades -Weissenfels, Weimar, Jena-, al campo de concentración nazi de Buchenwald, así como encuentros con autoridades edilicias, políticas, visitas a estrados judicia­les, museos y otros lugares de interés histórico, como la casa de Goethe en Weimar. En mi caso, dada mi formación y pese a mi intempestiva decisión de participar en el viaje, me organizaron un programa complementario que contemplaba encuentros con econo­mistas y representantes del movimiento cooperativo alemán orien­tal. En este viaje conocí una cara de la medalla. 

Una de las primeras entrevistas fue con el Alcalde de Weissen­fels. En esa ocasión pude conocer el punto de vista oficial de la Alemania Oriental con relación a una diversidad de temas extrema­mente controversiales entre ambas Alemanias y entre ambos blo­ques. Con relación a la muralla de Berlín, la misma era jus­tificada con el argumento que había que saber con qué gente se contaba para la construcción del Socialismo y se ejemplificaba esto contando la historia de unas vacas que eran halladas con mastitis, a punto de reventar, porque el encargado de cuidarlas había fugado al Occidente. Por aquel entonces la RDA había introducido la disposi­ción del cambio de divisas obligatorio para quienes visitaran la RDA, lo cual era interpretado en Alemania Occidental como una medida restrictiva a los contactos humanos entre alemanes de ambos lados y considerado un impuesto que procuraba traer divisas a las arcas del SED. La visión oficial de la RDA con relación a esta medida aludía al sistema de planifica­ción centralizada, alegando que la RDA planea la producción para satisfacer las necesidades básicas de la población más un quantum destinado al intercambio comercial, pero los visitantes tienden a desequilibrar esas previsiones, por lo que ese cambio obligatorio no era más que una forma de financiar los suministros requeridos para los visitantes extranjeros, evitando de este modo alterar el nivel de satisfacción de las necesidades de los ciudadanos de la RDA. Cada "explicación" estaba usualmente acompañada de una retórica en pro de la paz, fundamento al que la RDA se hallaba indisolublemente ligada, resaltándose a cada paso el carácter de bastión de la RDA contra todo movimiento de corte fascista. 

Buena parte del viaje estuvo dedicado justamente a conocer y comprender el significado de esa posición antifascista. Primero nos presentaron a un ex-presidiario del campo de concentración (Konzentrationslager, usualmente abreviado en alemán como KZ) de Buchenwald que pasó en el mismo no menos de seis años. Luego hicieron circular entre nosotros el libro "Nackt unter Wölfen" (Desnudo entre lobos) que relata las atrocida­des cometidas en ese KZ, así como los preparativos que desembocaron en el único caso de autoliberación de los presidia­rios de un KZ nazi, libro en el cuál el ex-presidiario que nos acompañaba es citado. Luego vimos una película, cuyo guión era justamente basado en el libro citado, para finalmente visitar el KZ de Buchenwald, personalmen­te guiados por el ex-presidiario. El impacto de toda esa informa­ción y documenta­ción fue espantoso. Visitamos las distintas secciones del KZ donde nos explicaron con detalle las formas que se practicaban para eliminar a los presos. Vimos la sección en la cual médicos experimentaban con seres humanos, sea amputándoles algún miembro, inyectándoles algún preparado u otros. También vimos el sistema de eliminación de los restos mortales, mediante pequeños crematorios. El ex-presidiario nos explicó cómo contri­buyó a organizar la liberación de los presos de Buchenwald, cómo los detenidos aprendían a disparar dentro de las cámaras de desinfec­ción, cómo se proveían de armas y las ocultaban. En el portón de entrada del campo de exterminio y de trabajos forzados se lee la leyenda: "Arbeit macht frei" (El trabajo libera). Posteriormente visitamos el museo de sitio que se organizó para explicar a las generaciones venideras la barbarie sucedida en ese KZ. Allí vi cabezas reducidas de presidiarios, pantallas elaboradas con piel humana, horrores que ni en un gabinete de terror tendrían cabida. Al abandonar el KZ sentí una gran admiración por la férrea posición de la RDA contra toda posición fascista, contra cualquier intento de revivir o tan siquiera ignorar la barbarie nazi. Ni las cabezas reducidas por los antiguos americanos resultan tan monstruosas como las que vi en el museo del campo de concentración de Buchen­wald. 

Al finalizar el viaje quedé muy impresionado con la lucha que había emprendido ese Estado amante de la paz, transformado en un verdadero baluarte contra posiciones fascistas. Seguramente nunca hubiera podido recibir todo ese cúmulo de impresiones, si no hubiera sido por la actitud de mis compañeros de viaje que, si bien los veía como simpatizantes del régimen de la RDA, eran profunda­mente críticos y no dejaban de tocar y mencionar en todas nuestras entrevistas todos los temas candentes en las relaciones entre ambas Alemanias. Esta nota es también un home­naje a ese espíritu crítico de ese grupo de juristas. 

LA OTRA CARA DE LA MEDALLA 

Pocos meses después de ese viaje de carácter más bien oficial a la RDA, ya a comienzos de 1981, otra cadena de coincidencias y circuns­tancias me habría de llevar nuevamente a Alemania Orien­tal, esta vez a Berlín Oriental. Estando de visita en Berlín Occidental me encontré con un amigo peruano muy apreciado que me invitó a una fiesta "en Berlín Oriental", me dijo. Me quedé muy sorprendido pues lo último que a alguien se le podía ocurrir o le podía suceder era ser invitado a una fiesta al lado oriental de la ciudad. Me explicó que la fiesta era organizada por la esposa de un amigo suyo que por entonces era diplomático en la represen­tación peruana ante el gobierno de la RDA. Recién entonces pude imaginar la posibilidad de ir a una fiesta al otro lado. "El vendrá a buscarnos en su coche con placa diplomática", me explicó para disipar mi desconcierto. El día de la cita llegó, y el amigo diplomático estuvo en el lugar y a la hora convenidos, y sin mayores dificultades y minuciosos registros cruzamos la frontera. Pensé que se trataría de una fiesta de diplomáticos o algo semejante. Pero no era así. Por otra casualidad, la esposa del diplomático había conseguido un permiso de excepción para estu­diar en la Univer­sidad Alexander von Humboldt de Berlín Oriental y la fiesta era con sus com­pañeros de curso. Así de improviso me hallaba rumbo a una fiesta con estudiantes universitarios en Berlín Oriental. 
Vista de artículo original publicado en Ultima Hora, La Paz, Bolivia


El lugar de la fiesta era en una zona un tanto retirada del centro y más parecía una casa en ruinas. Nos expli­caron que los jóvenes que allí vivían la habían ocupado. En aquel entonces era desconocido para los medios de difusión alemanes el hecho que hubiera casas ocupadas en Berlín Oriental, fenómeno que recién empezó a ex­tenderse por entonces en algunas ciudades de Alemania Occidental, especialmente en Berlín Occidental y Hamburgo. Ese simple hecho a tiempo de subir las gradas carcomi­das por el tiempo y la total ausencia de iniciativa privada ya me llenó de gran inquietud. Nos recibieron amablemente los anfitrio­nes y demás invitados que se hallaban allí y la noche transcurrió en un marco de amenidad y buena charla. A las horas de nuestro arribo a la fiesta sucedió algo que habría de cambiar mi modo de pensar sobre ese Estado de los trabajadores y campesinos. Uno tras otro, como si estuvieran concertados, empezó a contarme cada uno de los asisten­tes lo que pensaba sobre su país e incluso sus planes para fugar de ese Estado. "Yo procuraré pasar en la maletera de un vehículo diplo­mático" decía uno. "Quiero salir aunque sea por 24 horas adonde me venga en gana" decía otro. "No somos niños inválidos para que nos traten así", acotaba otro. "Yo amo a mi país, pero quiero tener la libertad de salir cuando quiera adonde me plazca". Toda esa lluvia de deseos largamente contenidos y acariciados me sorprendió. Por instantes tuve la impresión de hallarme en el centro de un complot contra ese Estado, una sublevación.

Al salir de esa "fiesta" y emprender el camino de retorno ya no era el mismo. Días después comenté con conocidos alemanes en el lado Occidental este episodio y lo único que coseché fueron miradas de duda y escepticismo. ¿Quién hubiera podido imaginar entonces que el ansia de libertad que se había apoderado de la juventud alemana oriental fuera tan intensa? Esa noche conocí el otro lado de la medalla, aquél que al cabo de ocho años habría de dar fin con el sistema represivo que se había instalado a todo lo largo de ese hermoso país. 

LA UNIFICACIÓN 

La unificación alemana es el resultado de un esfuerzo común de todos los amantes de la libertad. La dificultad de haberla logrado se debe, entre otras cosas, al temor de caer otra vez en las garras de cualquier otro sistema de corte fascista. La ausencia de la práctica de la democracia había prolongado ese temor hasta el punto en que el bastión antifascista de antaño se había trocado justamen­te en un sistema de corte dictatorial. Los jerarcas del SED lo intuyeron en el instante en que per­mitieron que ese 9 de Noviembre se deje el paso libre en los puntos de control fronterizo en el muro de Berlín, pese a la contraorden que habían impartido poco antes de prohibir la salida de los ciudadanos alemanes orientales sin el respectivo pasaporte. 

A casi tres años de la caída del Muro de Berlín y dos de la unificación alemana pueden apreciarse dificultades para el despegue económico del lado oriental alemán, situación que ha desbocado en una ola de amedrentamiento contra extranjeros y solicitantes de asilo en Alemania. Resulta incomprensible que quienes preponderan­te­mente participan en dichos actos acudiendo a slogans y razona­mientos de corte nazista sean justamente jóvenes del Este alemán, los herederos (aunque probablemente involun­tarios) de una tradición antifascista. Es previsible que dichas dificultades económicas se superarán en breves plazos, aunque posiblemente sean mayores que los que se suponía un año atrás. Es de esperar que la fiesta de la libertad que Alemania le deparó al mundo hace tres años, no se tiña de tonos nazistoides, pues ello sólo significaría una victoria póstuma para ese antiguo bastión antifas­cista de corte dictatorial.

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(*) Este artículo fue publicado originalmente en 1992 en torno a sucesos de los años 1980 y 1981. El autor vivió en Alemania Occidental entre 1978 y 1991. En este periodo realizó estudios de economía y desempeñó funciones diplomáticas en Bonn. El artículo está dedicado a los estudiantes de la Universidad von Humboldt de Berlín Oriental que pusieron de manifiesto su inconmensurable amor a la libertad. Gracias a ellos por estas maravillosas viviencias.